16.10.08

Valentín Álvarez

Valentín Álvarez (Madrid, 1960)

Cuando Valentín tenía doce años, su abuelo le contó una historia sobre la conmoción que produjo la aparición de los primeros vehículos en Asturias, a finales del siglo XIX. ¿Cómo era posible que un coche se moviera sin caballos? “Es fácil saber por qué funciona un coche – le dijo su abuelo – pero es imposible saber por qué funciona un caballo”. La inquietud de Valentín derivó hacia otro misterio, el de la luz. Se formó en el Instituto Oficial de Radio y Televisión y desde 1981 se incorporó a TVE. Primero como reportero gráfico y después como diseñador de iluminación de todo tipo de programas (como la recordada “Bola de cristal”). Desde 1989 empezó a trabajar como director de fotografía y en casi dos décadas, su trabajo se reparte en varios cientos de producciones que incluyen prácticamente todo el rango de la producción audiovisual en todos los formatos. Documentales, largometrajes e innumerables spots de televisión.

En la madurez de su carrera, su nombre se asocia inmediatamente con dos palabras: elegancia y cine digital. No es casual que el genial y complejo Víctor Erice le eligiera para su último trabajo, “La Morte Rouge”. La fotografía de Valentín tiene un estilo inconfundible, y fue de los primeros directores de fotografía españoles en abandonar los prejuicios hacia el vídeo y la Alta Definición. Hoy es considerado la mayor autoridad técnica en Cine Digital y tanto las multinacionales, como las revistas especializadas le consultan cada vez que sale una nueva cámara al mercado. Pero se podría considerar esta inquietud de Valentín por las aplicaciones cinematográficas de las nuevas tecnologías como parte de una faceta mayor de inquietud y curiosidad por explorar, lo que para él es una consecuencia de aquella anécdota de su abuelo. Ha publicado sus fotografías en medios gráficos (El País Semanal, Ajoblanco…) y además de la producción audiovisual, ha estado toda su carrera asociado a la iluminación de ópera y espectáculos teatrales con la compañía Animalario. Así como ha tomado parte en las radicales apuestas que la empresa sevillana GPD ha llevado a cabo en la concepción de los museos europeos.

Además de “Perfiles”, en este momento está finalizando un documental sobre la arquitectura de Norman Foster en todo el mundo para Art Commisioner London y las instalaciones audiovisuales para el Museo de Historia de Andalucia.

Grabación de Vanessa Pilo de berberisca.

A propósito de la Parashá Behaaloteja, aquella en que se relata el modo en que las luces de la menorá deben iluminar hacia la parte delantera del candelabro, el Zohar dice que los relatos son, en realidad, un vestido, pero que el orgullo de las vestiduras es el cuerpo humano, lo que está debajo. En medio del salón de Mercedes Bendayán, con todo patas arriba y la casa totalmente invadida por el equipo de grabación, los cables y las cámaras, la analogía se hacía evidente.

Grabacion Berberisca SefaradVanessa Pilo durante la grabación.

Por mediación de Ana Bensadón, disponíamos de dos trajes de paño de más de cien años de antigüedad, profusamente decorados con bordados de oro. Pero es sin embargo Vanessa Pilo, que ha sido madre recientemente de una niña, Hanna, a la que ha dejado al cuidado de su marido para soportar casi diez horas de grabación, la que realmente se ha convertido en el orgullo del traje y le ha dado un sentido a la jornada.

Vered Kurlender (izquierda) y Valentín Álvarez, director de fotografía.

Vanessa ha hecho brillar el traje y, de alguna manera, ha iluminado hacia delante. Por un lado, lo que queda del proceso de producción; dos días más de grabación (uno en Madrid y el otro en Israel), y habremos terminado. Pero por otro, nos ha disparado la imaginación hacia el futuro. A ese día en que Hanna vea la película y, probablemente, se ría del aspecto que tenían su madre y su tío por aquellos años. Y a ese otro día en que ella, a su vez, vuelva a hacer brillar un traje de berberisca.

13.10.08

Berberisca: la noche de la novia

Claire (a la izquierda). hija de Eva Benatar (a la derecha), en el proceso de vestirse de Berberisca. La presencia del velo y el amplio gemar son, según Ana Bensadón (al fondo), obra de su tía, de quien ella recibió la tradición de vestir a las novias (Colección privada de Eva Benatar)


En la tradición judía queda expuesta, por el uso del hebreo y sus particularidades, la capacidad de las palabras para revelar el mecanismo subterráneo por el que alcanzan su significado. El término con el que se designa al novio es “jatán” y a la novia “kalá”. Su traducción literal sería el de yerno y nuera, lo que de forma manifiesta revela el peso de la familia en la elección del/la futuro/a consorte. Pero no es el único significado posible. La raíz de jatán (jat) es temor, miedo. “Jatum”, es sellado, “jatij”, guapo y “jatima”, sello, epílogo. Pero además de la etimología, en el que es posible explorar a partir de una raíz un abanico sentimientos, emociones y significados sobre un mismo tema, existen otros niveles simbólicos. La última persona que sube a la lectura de la Torá y finaliza el libro de Deuteronomio (función que cumple generalmente el rabino o el jefe de la comunidad) es llamado Jatán Torah, y la primera lectura de la Torah, el libro de Génesis, es llamada Jatán Bereshit. Pero sin embargo, tanto en la etimología, como en el significado simbólico, el papel de la novia, “kalá”, es central. “Kli” o “kelí” puede significar herramienta, instrumento musical y, sobre todo, recipiente. Los elementos que conforman un matrimonio – el hombre, la mujer – sirven de metáfora para explicar las relaciones humanas, en otro sentido y proponer, a la vez, un nuevo significado. El sentido espiritual del matrimonio es el de unir a dos socios en una tarea común; alcanzar juntos una plenitud que no podrían alcanzar por separado. Una unión entre opuestos. Ese, y otros significados, están presentes en la ceremonia de la Berberisca y los elementos que la componen, especialmente en el vestido de la novia.

Mujeres de Tánger vestidas de berberisca (Colección privada de Ana Bensadón).

En realidad, la costumbre de vestirse de blanco para la ceremonia de la boda es relativamente reciente, 1840. Ese año, la reina Victoria se casó con Alberto de Sajonia-Coburgo y eligió un vestido de color blanco para el acontecimiento. La fotografía oficial del retrato de boda fue extensamente difundida y muchas novias optaron, a partir de entonces, por imitar el estilo, hasta que se convirtió en una tradición que sigue hasta nuestros días. Antes de esa fecha, la mujer se vestía para el enlace con un buen traje, que luego usaba para otros acontecimientos. El traje de paños de la berberisca no está relacionado con la ceremonia nupcial en sí, sino con una ceremonia previa, particular de los judíos de Marruecos, en la que la familia del novio y de la novia, acompañados de sus amigos íntimos, se reúnen para cantar y ensalzar a la novia.

Mujer de Tetuán vestida de Berberisca.

El traje se confeccionaba y se confecciona en terciopelo, lujosamente ornamentado con bordados en hilo de oro, y se compone de una serie de piezas que imprimen al conjunto una riqueza visual incomparable. Por un lado, la Punta o peto, Kasó o chaqueta, generalmente confeccionado en terciopelo, profusamente bordado con hilo de oro. Generalmente tiene mangas muy cortas para que la novia pueda lucir sobre los brazos gasa fina con hilillos de oro. A continuación, la Chialdeta, zeltita o faldeta, una falda muy amplia, abierta por completo, adornada en la parte inferior con ricos galones de oro, generalmente en forma de franjas circulares, que se repliega de derecha a izquierda. El largo de la base puede alcanzar los tres metros. Entre los complementos están las mangas, Kmam, de encaje o seda, puestas debajo de las mangas de la chaquetilla. El cinturón, hzam, que es una lujosa faja de terciopelo y seda, bordada de oro. Y el pañuelo, a veces llamado fechtul, de seda con flequillos. Se anuda a la altura de la nuca y se deja caer libremente, en ocasiones, hasta el suelo. Corona el conjunto una corona o gemar, una diadema cuajada en perlas antiguas y piedras preciosas. Según Ana Bensadón, el número de perlas del Gemar es de 613, como mizvots – deberes rituales – hay que cumplir. Y cuenta la misma Ana Bensadón, la mujer que ha vestido de berberisca a varias generaciones de novias en España, que la tradición de introducir el velo y ampliar el tamaño del Gemar fue obra de su tía Esther, que fue la persona de quien ella recibió la tradición de cómo vestir a las novias.


Mujeres de Tánger con traje de Berberisca (Colección privada de Ana Bensadón).


En el traje de berberisca se encuentran lo general y lo particular. Lo general en forma de símbolos – número de piedras del gemar, de adornos circulares de la falda – que son comunes en todo el mundo sefardí. Y al mismo tiempo, las particularidades de lo marroquí se manifiestan en los colores. El verde y el azul indican las ciudades del interior. El rojo y el granate, las ciudades de la costa y el sur. El morado y negro es particular de la ciudad de Tetuán.


En el Museo del Louvre se puede contemplar un cuadro de Delacroix, “La Mariée juive” (1832) en el que se retrata a una mujer de Tánger, vestida de berberisca. Si se compara con los trajes actuales que se usan en España, es fácil ver la evolución que ha sufrido el traje de berberisca en los últimos dos siglos.

12.10.08

León el Hebreo: cuando amor se escribe con hache. (Primera Parte)

"Diálogos de amor". Edición italiana de 1541. Para evitar la censura, el editor añadió la frase "León médico, de nación hebrea, y después hecho cristiano". El subterfugio de hacer pasar a León por cristiano no funcionó demasiado tiempo; desde 1620 la obra aparece en el índice de obras prohibidas por la Inquisición por el resbaladizo sentido de sus metáforas kabalístisticas. Pero, de alguna manera, ya es demasiado tarde; la obra ya ha influido a dos generaciones de artistas europeos.


El neurólogo y psiquiatra Carlos Castilla del Pino escribió en cierta ocasión que todos los matrimonios por amor podrían considerarse nulos antes la ley. Las hormonas y la sugestión que se asocian con el amor colocan al individuo en un estado mental que, aplicado a otro ámbito diferente al del matrimonio, invalidarían la firma de cualquier contrato. Y con más razón el de uno que se origina con la voluntad, en la mayoría de los casos, de que sea indefinido. Pero lo que habría que preguntarse es si Castilla del Pino habla del amor, o del deseo. Y esa es, precisamente, la primera distinción que hace el sefardí Judah Abrabanel, más conocido como León el Hebreo (1465 – 1521?), en un libro que marcó casi cuatro siglos de estética sobre el amor, “Diálogos de amor”: “el deseo precede al amor y, una vez obtenida la cosa deseada, nace el amor y el deseo desaparece”. En otras palabras; sólo deseamos aquello que no poseemos. Y desde esa perspectiva se puede analizar no sólo la obra de León el Hebreo, sino la de toda una época: la de la Expulsión de los Judíos de España en 1492 y el nacimiento de dos términos, España y Sefarad.


Isaac Abrabanel, padre de León. Fue la única gran personalidad judía española de la época que se negó a convertirse al cristianismo. Utilizó todos sus recursos para organizar la salida de la minoría de judíos que salió de España tras la publicación de los edictos de Expulsión de 1492. En su honor, muchas sinagogas actuales llevan su nombre.


León, o Judah, nació en Lisboa en 1465, en un momento en que no existe España, como entidad nacional concreta, sino los reinos cristianos de Castilla, Aragón y Navarra y el último reino árabe de Occidente, el reino nazarí de Granada. Tampoco existe Sefarad en sí, como expresión de deseo, puesto que “así como el amor presupone que la cosa exista, el deseo implica su inexistencia”, y aún los judíos viven en todas esos territorios con diferente suerte y no es necesaria aún una palabra con la que expresar de modo tangible la ausencia. Tras las matanzas de 1391, la vida de las comunidades judías en los reinos cristianos ha ido desapareciendo y el proceso de asimilación se ha acelerado por completo. Los judíos han desaparecido de la vida pública en el reino de Aragón, están en un situación de languidez en Navarra y sólo en Castilla aún tienen fuerza. En cuanto a los territorios árabes, en Granada viven bajo dominio musulmán como “dimmi”; pueden conservar su religión, derecho y costumbres a cambio del pago de un tributo. El padre de León, Isaac, había nacido en Lisboa en 1437 y era tesorero del rey de Portugal Alfonso V, pero en realidad los Abrabanel son una familia de estirpe castellana. Su abuelo había sido tesorero de los reyes Enrique II y Juan I. Precisamente tras las matanzas de 1391, que se iniciaron en su ciudad natal, Sevilla, los Abrabanel cruzaron la frontera. Pero en 1483 se relacionó a Isaac con un complot por la sucesión de la corona a favor de Juan II y regresaron a Castilla, donde rápidamente pasaron a formar parte del círculo de confianza de la reina Isabel la Católica y se convirtieron en una pieza de su despiadada maquinaria. Isaac le prestó a la corona dinero para financiar la guerra para terminar con el reino de Granada y actuó además como su agente y comercial. Granada cae en 1492 con la rendición de Boabdil y, entre otras sorpresas desagradables, los Reyes Católicos descubren que el reino árabe está en la más absoluta bancarrota. Durante casi 30 años han utilizado con los árabes una doble política de conquistas militares, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, y de fomento de las guerras civiles entre los diferentes bandos árabes. Y cuando por fin cae la ciudad, lo que quedaba del tesoro real se lo ha llevado El Zagal, tío de Boabdil, al Reino de Fez. Y es precisamente el deseo por aliviar el endeudamiento de sus reinos lo que Isaac Abrabanel cree que anima la proclamación de los Edictos de Expulsión de 1492 (uno para el Reino de Castilla y otro para el Reino de Aragón) que se firman en la ciudad de Granada el 31 de marzo de 1492 por el que se da a los judíos cuatro meses para marcharse de sus reinos para siempre; o dejar de ser judíos y quedarse. Los Abrabanel, padre e hijo, hacen todo lo posible para evitar el Edicto, y convencidos de que el anti-judaísmo era sólo un pretexto, como lo había sido en el pasado, para expoliar económicamente a los judíos, ofrecieron a los Reyes una considerable suma de dinero para que no llevara a cabo la medida. Cuenta la leyenda que el Inquisidor General, Torquemada, al conocer la oferta de Abrabanel se presentó ante el rey y en un tono patético y teatral arrojó delante de Fernando un crucifijo y le recordó que Judás se había vendido por treinta monedas de plata, y que él estaba haciendo lo mismo, sólo que por una cantidad mayor. Sería una simplificación culpar a un fanático como Torquemada de todo aquello porque eso sería, precisamente, perpetuar la simplificación de la propaganda y los retorcidos mecanismos de los reyes, especialmente, de Fernando, que sirve de modelo a Nicolás de Maquiavelo para su manual del perfecto y despiadado jefe de Estado; “El Príncipe”. No eran reyes medievales y lo que precisamente estaban llevando a cabo era el primer Estado moderno.

El rey declinó la oferta de Abrabanel pero para no perderlos como consejeros y agentes, les propuso que su nieto, el hijo de Judah, se convirtiera al cristianismo. Los Abrabanel se negaron y su actitud constituyó la excepción, no la regla. En los cuatro meses que siguieron desde la proclamación de los Edictos hasta la salida definitiva, se llevó a cabo una fuerte actividad propagandística para que los judíos se convirtieran. Y la medida funcionó a la perfección; la mayoría lo hizo. El otro gran consejero y financiero de la Corona, Abraham Seneor, que además era el gran rabino de Castilla, se convirtió al cristianismo el 15 de junio de 1492 y obtuvo, como premio, el cargo de regidor de Segovia, miembro del Consejo Real y contador mayor del príncipe don Juan. Su nuevo nombre fue Fernán Pérez Coronel. Y conforme al principio de que es precisamente en la ausencia donde hay que buscar la raíz del deseo, la lista más nutrida de apellidos de judíos de España se encuentra en aquellos con un contenido más cristiano; Santangel, Santa María, Santa Cruz, Santa Fe... Sus conversiones fueron generosamente premiadas y publicitadas. Los Abrabanel se transformaron en los líderes de esa minoría de unos 50.000 judíos – según el más reciente análisis de los datos – que optó por salir del país. De alguna manera, hicieron todo lo que pudieron para romper el cerco maquiavélico y asfixiante que suponían los Edictos y que no tenía otra alternativa razonable que la conversión. Se podían vender las propiedades, pero al no poder sacar ni oro, ni plata, ni moneda, y tener que costear ellos mismos los gastos de salida, la única forma de conservar algún patrimonio era encontrar a alguien que descontara letras de cambio. En 1406 había nacido en Génova la Banca moderna, y los genoveses trataron de aprovechar la situación al máximo; estaban dispuestos a descontar a los judíos españoles, pero a cambio de un abusivo 30%. Los Abrabanel utilizaron sus recursos y negociaron la deuda que los Reyes tenían con ellos para contratar barcos, organizar los grupos de judíos rumbo a los puertos y aliviar en la medida de lo posible la rapiña generalizada.


"Cementerio de Castilla", antiguo cementerio de Tetuan. Evidencia de las dificultades de integración de los judíos expulsados procedentes de Castilla, los "romíes" o "meghorashim" frente a los judíos locales o procedentes del reino nazarí de Granada, los "toshabim" de cultura árabe.



El cumplimiento final del Edicto se retrasó ligeramente y se hizo efectivo el jueves 2 de agosto de 1492, festividad de Tisha B’Av, la misma fatídica fecha en la que fueron destruidos el Primer y el Segundo Templo en Jerusalén. Y aquella fecha no supuso el final de la pesadilla para los judíos sino, de alguna manera, tan sólo marcó el inicio y puso en evidencia la esquizofrénica efectividad de la medida para destruir la vida judía en los reinos unidos que poco tiempo después se conocerían como una única entidad: España. Los capitanes de algunos de aquellos barcos contratados por Abrabanel, vendieron a los pasajeros como esclavos. Los judíos que pasaron a Portugal fueron expoliados antes de seguir la misma suerte que los españoles por presión, precisamente, de Isabel y Fernando. Entre ellos se encontraba el hijo de León, aquel que el rey había ofrecido que se convirtiera para mantenerlos como consejeros a su servicio. Los que pasaron al reino de Navarra fueron expulsados en 1498 y pasaron a Francia. Y tal vez sea el caso de los que se trasladaron al Reino de Fez el que constituya el mejor ejemplo de las divisiones internas de las comunidades judías. Fez se había convertido en el refugio de los exiliados, musulmanes y judíos, del reino de Granada y última residencia de Boabdil. Los judíos locales no sólo estaban totalmente arabizados, sino que veían en los castellanos responsables directos de su situación, al haber servido fielmente a la Corona de Castilla. El caso de Tetuán resulta muy significativo. Los judíos arabizados llamaron a los castellanos “romíes”, “forasteros”, e impusieron sobre ellos un maltrato que obligó a muchos de ellos a regresar a España y convertirse. Una de las medidas que los Reyes Isabel y Fernando tomaron para fomentar esos retornos fue la de garantizar que los que regresaran a España y se convirtieran pudieran recuperar sus propiedades al mismo precio, muchas veces desesperado e irrisorio, al que las habían vendido, y hay casos documentados de retornos hasta 1499. No es hasta bastantes años después, en 1530 y gracias a la acción de un rabino de gran personalidad, Haim Bibas, en que la situación de división interna se normaliza y se constituye un Keila y una federación de Comunidades de los Expulsados de Castilla en Marruecos que, gracias a su mayor preparación y cultura, termina por tomar el liderazgo de la judería norteafricana, que queda desde entonces, y durante 500 años, asociada a apellidos sefardíes (Toledano, Nahon, Serfaty, Garzón, Levy, Pariente…). Pero lo que pasa en Marruecos es otro resultado de la política de los reyes. Con el fin de Boabdil y el Reino de Granada, desaparece el último monarca árabe al frente del destino del mundo árabe (situación que se prolonga hasta nuestros días). Es el gran momento de los turcos que, a diferencia de los marroquíes, llevaron a cabo una política de aceptación de los judíos expulsados de España. Bayaceto II envió barcos para trasportar a los judíos a diferentes puntos del naciente y poderoso Imperio Otomano. Pero los Abrabanel se fueron a Italia, donde León llevo a cabo su obra y dejó una sutil pero imborrable marca sefardí en el Renacimiento europeo y, de forma indirecta, en el Romanticismo.

Hagadah de Pesaj con comentarios de Isaac Abrabanel. Edición de Amsterdam de 1695. La obra del padre y el hijo se mantienen al margen de los torbellinos políticos de su época.


Por una referencia del texto mismo, se cree que León finalizó los “Diálogos de amor” en el 5262, 1501. El destino de los Abrabanel en esos años no es seguro. Se sabe que Isaac pasó al servicio de los reyes de Nápoles, Ferrante y, sobre todo, su sucesor, Alfonso II, primo de Fernando de Aragón. En 1495 el rey de Francia, Carlos, conquista Nápoles e Isaac acompaña al rey al exilio en Sicilia. En cuanto a León, se marcha a Génova. La rivalidad entre los reyes de Castilla y Aragón con Francia es responsable del título Reyes Católicos. El papa Alejandro VI se lo concedió como compensación por haberle concedido antes al rey de Francia el de “Rey Cristianísimo”. El papa Alejandro VI también era de origen español y da nombre a una dinastía, los Borgia (forma italianizada de Borja). Su antecesor, Inocencio VIII, había sido el impulsor de la Inquisición y el hombre que había nombrado a Torquemada para que cuidara en España de la pureza de la fe. Nombró cardenal a su nieto, de tan sólo 13 años, con la esperanza de que le sucediese en el papado. Pero Alejandro Borgia supo manejar mejor los hilos del poder y repartió cargos de la Iglesia entre sus numerosos hijos y sobrinos para controlar en lo posible la Iglesia. La actividad de los Abrabanel se desarrolla en medio de aquel torbellino político y de ambiciones desmesuradas de poder ocultas bajo el pretexto de la religión en un ambiente en que por un lado se llama a la unidad de los cristianos y la persecución de los judíos, y por otro se hacen ofrecimiento a los sefardíes castellanos para que pasen al servicio de nobles, reyes y papas. En 1501, tras la reconquista de Nápoles el rey Federico ofrece a los Abrabanel que regresen a Nápoles y les envía un salvoconducto. Los Abrabanel, de nuevo juntos, no llegaron a utilizarlo porque ese mismo año los franceses se lanzan de nuevo sobre Nápoles y tanto Isaac como León pasan al servicio del reconquistador de Nápoles, Gonzalo Fernández de Córdoba, alias el Gran Capitán (1453-1515), noble y militar español personalmente leal a la reina Isabel que se convirtió en Virrey de Nápoles. Fernando aprovechó la ocasión para incorporar Nápoles a la Corona de Aragón (su primo murió abandonado, prisionero de los franceses). González de Córdoba es el primer militar que utilizó de forma combinada la caballería, la infantería y la artillería en combinación con el apoyo naval y está considerado como un genio militar moderno. Pero su figura ha quedado asociada en castellano a la expresión “cuentas del Gran Capitán”, que es sinónimo de una relación poco detallada o para una explicación pedida por algo a la que no se tiene derecho. Cuenta la leyenda que una vez muerta la reina (1504), Fernando buscó la manera de librarse de González de Córdoba por temor a que apoyado en su prestigio personal se declarara independiente, así que le pidió cuentas de en qué había gastado su dinero en Napoles. El noble andaluz, ofendido, le respondió con ironía: “Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados; por limosnas para que frailes y monjas rezasen por los españoles, ciento cincuenta mil ducados; por guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla, doscientos millones de ducados; por reponer las campanas averiadas a causa del continuo repicar a victoria, ciento setenta mil ducados; y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados”. El rey lo depuso y tomo la administración directa de Nápoles. El Gran Capitán regresó a España y los Abrabanel, que no pueden hacerlo sin convertirse al cristianismo, se marchan a Venecia, donde se les pierde definitivamente la pista. Se sabe que Isaac murió en 1508 y, en cuanto a su hijo, la fecha probable de su muerte es 1521.

No hay en todos los diálogos de Léon el Hebreo ni una sola mención a todos estos mundanos acontecimientos. Y resulta muy simbólico que en medio de todo aquel torbellino, el tema que León elija para sus “Diálogos” sea, precisamente, el del amor. Pero a diferencia de su padre, rabino, que se mantuvo en toda su obra en los estrictos límites del pensamiento judío, con lúcidos y brillantes comentarios a los Pirké Avot, el Talmud y la Torah de vigencia hasta nuestros días, la obra de León se abre al mundo secular no judío, en especial en lo concerniente a la Kabalah. En unos términos que tal vez sólo tengan un paralelo en la amplia difusión que las obras de Kabalah tienen hoy. Lo que es evidente es que los Abrabanel, tanto el padre como el hijo, fueron hombres del Renacimiento en el sentido en que ese término se aplica al de hombres que manejan varias ramas del conocimiento. Isaac fue rabino, financiero, especialista en la halajá y kabalista. León era también financiero, pero además médico y estaba considerado por sus contemporáneos como un filósofo y maestro de maestros. Pero además fueron renacentistas porque asistieron a su nacimiento, en Italia. Y la obra de León tiene un notable impacto en ese magma de ideas y reivindicación del hombre como centro y medida de todas las cosas en un mundo que, en apenas unos años, se transforma de forma radical y vertiginosa y amplia sus fronteras hasta una recién descubierta América. Un mundo en el que el agresivo impulso de dos socios, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, se basa en un acuerdo matrimonial que Castilla del Pino no invalidaría.

Pero volvamos al Nápoles humanista e inquieto al que León llega con su padre tras su salida de España para recorrer el sinuoso e invisible camino por el que la concepción del amor de León se convierte en "amor platónico" y "amor romántico".



"Si tratáredes de amores, con dos onzas que sepáis de la lengua toscana, toparéis con León Hebreo, que os hincha las medidas". En el prólogo de El Quijote (1605) Cervantes habla con ironía de los "Diálogos de amor". Constituye una excepción; desde Lope de Vega al "Romeo y Julieta" de Shakespeare, fragmentos completos de los "Diálogos" dan la letra al canto del amor.