26.8.10

La Sinagoga del Corazón (Primera Parte)


    Su extraño y contradictorio nombre de sinagoga/iglesia, Santa María la Blanca, es lo que mejor describe la particular naturaleza del edificio. En teoría ha servido durante más tiempo como templo cristiano que como casa de estudio y oración judía; pero en la práctica es una sinagoga. No puede ser otra cosa. Pero lo realmente paradójico es que se considere como una de las grandes obras del arte almohade. Es como decir que una sinagoga es la expresión más acabada del arte nacionalsocialista. El problema no son los almohades en sí, sino el criterio de clasificación. “Almohade” sólo nos habla de una fecha, enmarca un periodo y produce esa ficción de que al poder enmarcar un evento en un calendario tenemos la posibilidad de ser testigos. Cuando en la práctica para el caso de esta construcción se confirma lo que dice Derrida: “Una fecha está loca: nunca es lo que es, lo que dice que es, siempre es más o menos que lo que es”. Los Almohades no pusieron nunca un pie en Toledo y de hecho en el momento en que se tiene la primera noticia sobre su construcción, ya hace más de un siglo que la ciudad está en manos cristianas y ya nunca más dejará de estarlo. Y en realidad en la relación con el tiempo, de la que la fecha es al mismo tiempo expresión y definición, en este momento el tiempo se mide con cuatro calendarios; el de Era, que se inicia en el -38. El año cero de Hispania es el año en que finalmente un general puede ser el protagonista en el más grandioso de los espectáculos de una Roma ávida de espectáculos: el triunfo. El haber pacificado un región. La condición de ser merecedor de una entrada triunfal era el matar al menos a 5.000, ser parte de la nobleza y traer de vuelta las tropas a casa y anunciarle al Senado que han regresado. En pocas ocasiones no hubo regresos. Una de ellas en el 135, durante la Rebelión de Bar Kojba. La olvidada llamada segunda revuelta judía que fue mucho más terrible que la destrucción del Segundo Templo. Pero en ese calendario, en el de la Era, ahí termina todo lo relacionado con los judíos, con la destrucción del Templo en el 105 de la Era.



Pero en Toledo hay una segunda fecha, que es la del calendario hebreo, dónde esos eventos de la Segunda Revuelta judía son profusamente narrados puesto que en ellos perecen de forma espantosa la mayoría de los protagonistas del Talmud: Rabí Akiva, Rabí Simon Bar Yojai… Donde se recuerda que es precisamente en la época de los emperadores hispanos, cuando Adriano incumple su palabra y da marcha atrás en algo que ha prometido. En un principio dijo que iba a permitir la reconstrucción del Templo de Jerusalén y dar una autonomía política limitada a Judea. Pero luego cambió de idea y decidió cambiarle el nombre a Jerusalén y forzar el abandono bajo pena de muerte del Judaísmo. Toledo, como ciudad de larga tradición imperial, es un escenario continuo de estos cambios de pareceres. Como toda ciudad de corte, conoce sus hombres que logran hacerse estrellas junto al rey y luego caen en desgracia. De eso tratan las historias que en Toledo gusta leer. Historias de reyes, de sabiduría de los reyes para el buen gobierno. Y son relatos que están llenos de conjuras, tramas y ese enrarecido mundo de intereses de las cortes de todos los tiempos.

La tercera fecha de Toledo nos recuerda la segunda coordenada con la que es habitual aproximarse al edificio, la de la Héjira, la de los musulmanes. Se dice además que Santa María la Blanca es una joya del Arte Mudéjar, pero eso sólo describe de forma parcial la técnica de construcción y algunas de sus características: uso de ladrillo y techos de madera primorosamente labrados con motivos geométricos. Por lo general, esos constructores son musulmanes, que no es decir árabes. Porque en la práctica los árabes fueron desde el primer momento de su llegada a la península una minoría, culta, refinada y muy celosa de sus privilegios. Creó polos de cultura, cortes sofisticadas. Hay una segunda minoría musulmana, la de los del Norte de África, lo que hoy es Marruecos. Si hablamos de 800 años de Reconquista, en Marruecos se puede hablar de 400 años de des-arabización. En el momento en que se construye esta sinagoga son precisamente esos marroquíes, los Almohades, los que han pasado como un rodillo sobre Al-Andalus y no han hecho distinción entre musulmanes, judíos o cristianos. Pero en la segunda generación, aparece una arquitectura, la de la Giralda de Sevilla. Una arquitectura de ladrillo. El ladrillo, a diferencia de la piedra elimina ciertos problemas de construcción y es más maleable para expresar una idea. Las ideas que se reflejan en el Arte Almohade son exactamente las opuestas a las que hay en esta sinagoga, pese la similitud de soluciones constructivas. Al fin y al cabo, un arco es un arco, un vano, un vano y una columna, una columna.



Una de las razones por las que los musulmanes fueron los constructores por excelencia, es porque no podían ser otra cosa. Tenían prohibido el acceso a la administración y al oficio de médico. Porque en este Toledo, uno no puede ser otra cosa que lo que le toca ser por nacimiento, sin que pueda cambiarlo. El rico nace rico, el pobre, pobre. Si los musulmanes viven en Toledo es porque así se ganan la vida y son necesarios, como los judíos, para mantener ese nivel de sofisticación que se espera de una capital imperial. En la construcción de un edificio en este momento, se distinguen tres momentos muy claros, y los musulmanes no forman parte de todos. El primero es el del diseño, la expresión de la idea del edificio, del modo en que se quiere separar lo profano para crear un espacio para lo sagrado, un espacio apartado. En esa parte la tarea del maestro mozárabe es diseñar los ladrillos para reflejar y expresar esa idea. El maestro se encarga además de la adquisición de los materiales y de la ejecución. Pero en la tercera etapa, la de enlucido y pintado, la del acabado, esta siempre sujeta a la posibilidad de que un segundo maestro la termine. Hablar de mozárabes no nos dice nada por lo tanto ni de la idea del edificio, ni de su acabado final, su expresión final: la solidificación de la idea. Donde la decoración es sólo eso, decoración o una propuesta hacia el espacio, el inicio de un juego para el visitante.
    Si observamos una de los elementos decorativos veremos muchos elementos similares por todas partes y en toda época en España. De hecho, esa estrella de Ocho Puntas que se llama Sello de Salomón aparece en la Península en época de los Tartessos y hoy es un motivo turístico en Marruecos. Si lo comparamos con esta ilustración de la Hagadá Dorada, siguen el mismo principio. No es una mera decoración, sino otro de los innumerables juegos en capas, códigos, que esa minoría de árabes, judíos y e hispano-romanos que se fue mudando de ciudad en ciudad a golpe de fortuna e infortunio agotaron, literalmente, todo lo que se puede decir en la relación entre las palabras y las cosas, y le dieron literalmente la vuelta a la piel del lenguaje y la relación de los signos y el funcionamiento de los procesos de la mente.


    Es una matzá, un pan ázimo. Necesario para celebrar un día al año, Pesaj, pero del que se habla durante todo el año, en la oración de la mañana. Es el pan del desierto. Pero al mismo tiempo es también untilizado como una notación, como un símbolo que sirve para activar visualmente un recuerdo, el de los cuatro elementos y la formación a partir de sus opuestos. Lo que en medicina serán los “humores” que hay que equilibrar por medio de dieta, vida sana e higiene para evitar toda enfermedad. Las cuatro facultades naturales que se oponen en la naturaleza terrestre se oponen de dos en dos y se unen de dos en dos, para constituir cada uno de los cuatro elementos: calor y sequedad se unen en el fuego, frío y humedad en el agua: mientras que la tierra participa de la sequedad como del frío, y el aire tanto del calor como de la humedad. Los cuatro elementos no tienen nada que ver con elementos químicos, sino con propiedades. En este momento, que es decir, entre los siglos XI y XVI, hay una convicción plena y absoluta de que existen medios para acercarse al conocimiento divino. Incluso por medios mecánicos; en España se llevan a cabo asombrosos ejercicios sobre inteligencia artificial basados en combinatoria que utilizan astrolabios. El leve rastro de todas estas disciplinas lo encontramos posteriormente en El Escorial y en otros edificios del Renacimiento en forma de un disciplina independiente llamada Arte de la Memoria. Que implica la distribución de los elementos y el uso de imágenes de acuerdo a reglas menotécnicas, de ayuda a la memoria, que activan el conocimiento del alma. Puesto que no aprendes, sino que recuerdas. Así, por ejemplo, las bibliotecas se disponen en siete tambores como un primer recordatorio de que son siete las artes liberales, las de los hombres libres, los únicos que tienen acceso al conocimiento: gramática, retórica, dialéctica, aritmética, geometría, astronomía y música. Esa es la lectura, la respuesta e interpretación de que son los siete pilares de la Sabiduría. Un modelo de conocimiento. Hay otras posibles soluciones al enigma del conocimiento, del de dónde vienen las ideas y se puede lograr que vengan más. En Zaragoza todo este conjunto de ideas que se llaman de forma genérica “filosofía” se desarrollan de una forma especialmente intensa. En el momento en que sirven en la administración un Ibn Ezrá, el de los cantos litúrgicos. Pero tal vez más cercano al espíritu del anónimo arquitecto esté el que ya para entonces se ha convertido en un libro muy popular y surge como reacción a ese ambiente: “Doctrina de los deberes del Corazón” de Ibn Paquda.

    En hebreo, donde la grafía expresa al mismo tiempo la letra y el número, 32 es “לב“, Lev, que significa corazón. Esas dos letras son además la última y la primera de la Torah y el 32 es un número de un especial significado en la espiritualidad judía. El número de columnas no responde a una decisión arbitraria: no hacen falta tantas para que el edificio no se caiga. A simple vista parece que sólo nos encontramos ante 28 columnas dispuestas en cuatro hileras de siete cada una en un espacio rectangular. Pero es una ilusión óptica, un juego de perspectiva, en contrapunto, con el que se evita la eventual monotonía visual que se produciría si en realidad fuera un rectángulo con hileras de columnas paralelas. La planta es un trapecio de lados irregulares donde de forma muy sutil el lado que tiene más columnas es el irregular. Las 32 columnas son el resultado de una hilera de 9, dos de 8 y una de 7 pero si no se presta atención realmente parece que el espacio es rectangular y el número de columnas es el mismo en todas las hileras. Lo que diferencia un efecto de un defecto es la intención. En este caso, sólo una pared irregular. Es una puerta abierta al interior, un espacio íntimo, ese del que habla Paquda y por el que escribe su originalísimo libro. Porque ha advertido en sus estudios que “Como la ciencia de la religión abarca dos partes, la religión exterior y la religión interior, he examinado los libros de los escritores antiguos, aparecidos despues de los doctores del Talmud para informarme en ellos acerca de la ciencia de la religión interior”. Es una vía de contemplación interior, en la que se pondera el valor de la intención sobre los actos, no su mera repetición. Ibn Paquda propone diez pórticos, un camino, un método para alcanzar la experiencia del amor divino. Como invitaciones a esos pórticos, cada uno de esos espacios interiores es un mapa de lo invisible, del Alma, pero sólo el mapa, no el territorio. El territorio está en el interior, en ese corazón.

      Pero el número 32 tiene en los tiempos en que se construye esta Sinagoga otro muy discutido sentido en esos días. El que aparece en las primeras palabras del “Sefer Yetzirá”. Son esos “32 caminos de sabiduría” de la Creación, las 10 Sefirot y las 22 letras hebreas. ¿Cuál era el sentido del arquitecto? ¿Uno? ¿Otro? Lo que los dos sentidos tienen en común, el del 32 de Paquda, con el 32 de la Kabalah, es la Torah, el Talmud y la impronta de que la clave nunca está en las soluciones simples. Que en todo tiempo y lugar es inevitable reducirlo todo a dos variables, verdadero y falso, bueno y malo. Nosotros y vosotros. Estos y nosotros. Las miles de formulaciones con las que se evita el tú. Paquda define la vía de conocimiento como tres puertas que el Creador abre; la de la Razón, la Torah, la Revelación y la Tradición. Y al hablar de la Creación el “Sefer Yetzirá” dice: “Y Él creó Su universo con tres libros (Sefarim), con texto (Sefer), con números (Sefar) y con relato (Sippur)”. Rabí Aryeh Kaplan, quizá quien con más empeñó se esforzó por desempolvar la relación de la tefilá, la oración, con la meditación, explica estos libros como el Mundo (Espacio), el Año (Tiempo) y el Alma (Espíritu) que quedan reflejados en la forma de las letras, su valor numérico y la pronunciación y nombre de esas letras. En los dos casos, expresa una gramática de la relación con la letra y el número. La prohibición bíblica de no representar imágenes define un arte abstracto, necesariamente conceptual en el que todo está dispuesto al servicio del visitante. Como una invitación a pensar en un mundo que ha sido creado sólo para uno. Las relaciones entre signo e idea necesariamente requieren de un sistema de notación, un representación gráfica. Las matemáticas de los números y los símbolos, la música, de las notas. Hay una notación particular en uno de los nombres asociados con este edificio, el de la tumba del judío rico que finalmente logró burlar las trabas administrativas continuas, obtuvo el permiso del rey y pagó la construcción: Jucef ben Shusan ben Salomón.

 En la lápida se puede leer:



"Falleció al terminarse el mes de Shebat del año en que también
edificó la casa y la perfeccionó".

     Lo que en una traducción aproximada no es más que el epitafio de una personalidad religiosa que incluye una cita bíblica (I Reyes, 4:9) que hace referencia a la construcción del Templo de Salomón. El criterio de selección de ese fragmento y no otro parece arbitrario. Y además, parece incompleta. ¿Qué año es ese en que completó la casa y falleció? Se nos escapa por completo. De nuevo aparece el dilema de la fecha. La fantasía de que poder fechar y determinar que pasó antes y que pasó después nos ayudará a entender si ya había textos kabalísticos en Toledo, si se puede siquiera plantear como hipótesis verificable entre las consideraciones ideológicas del artista algo de todo esto. Cuando en la práctica, como decía Zweig, el misterio de la creación artística es el misterio de la Creación en general, un hecho que siempre tenemos que reconstruir, que somos incapaces de explicar porque no sabemos como funciona. Simplemente, sucede. Luego pensamos en ello. La fecha hay que revelarla y está incluida en la cita. En su lápida, como en, literalmente, cientos de lápidas hebreas de España y algunas de las que están expuestas en el cercano Museo Sefardí, se advierte que en algunas palabras hay un sistema de notación, unos puntos sobre la letra que son los que indican el camino de la fecha: en la suma de sus valores numéricos. En este caso 963. Se sobre-entiende que es el año 4.000 así que la fecha de fallecimiento de Jucef Ben Shushán es el 30 de Shebat de 4.963. El jueves 13 de febrero de 1203 en el calendario juliano. A él se atribuye el inicio de la construcción en el 1187. En su epitafio, en una sola línea, hay tres diferentes capas de sentido. El literal, donde se nos informa de su fallecimiento y de la que se considera su mayor realización (la construcción de la casa). El simbólico, donde se entronca esa construcción en el contexto de la tradición judía a través de la Torah. Y el numérico, que expresa una fecha, una relación con el tiempo que de pronto nos permite enmarcar un hecho, su construcción, en un contexto. El del año que sigue al fin del mundo de 1186. Un fin del mundo corroborado por dos fuentes distintas: una en Persia y otra allí mismo, en Toledo. Los dos pronósticos llegan por el mismo camino, la alineación planetaria que se produciría en Libra el 23 de septiembre de 1186, justo la víspera de la víspera de Iom Kippur del 4947. Pero se lleva hablando del asunto desde 1180 ante lo que parecen los signos de la decadencia de la cristiandad ante el avance de Saladino en la expulsión de los cruzados. En ese mismo momento Maimónides es el Médico y Rais Al Yahud, representante de todos los judíos, ante Saladino. El médico de corte y el representante civil de la comunidad suelen coincidir y a veces una función implica la otra.

        En ese año de 1186 “La Guía de los Perplejos” aún no ha sido traducida. En ella se contiene una cuarta fecha, una forma de relacionarse con la duración y expresar el tiempo: la de los Seleúcidas. Una fecha que aún enlaza Toledo con Baghdag como una autopista. El astrólogo de Toledo que envía cartas a toda Europa para que la gente abandone las ciudades y se refugie en las cuevas y el muy islámico persa llegan a la misma conclusión por el mismo camino, con las mismas herramientas; la astrología. Cuando Maimónides da una fecha se rige por el calendario civil de Mesopotamia, el de la Era Seleúcida, el calendario civil de las escuelas talmúdicas de Sura y Pumbedita. Y al mismo tiempo es una respuesta a la aparente paradoja de toda aquella generación desplazada de forma brutal por los Almohades, el de diferenciar entre lo árabe y lo islámico. Para Maimónides el mundo tiene cuatro fechas; la de la Creación, que se acerca entonces al quinto milenio. La de Babilonia, que está tres siglos por delante de la romana, la de Edom, la de la Era. Y por último, la Islámica que ha hecho coincidir su 500 aniversario con los Almohades. Maimónides, como todos los judíos de Al-Andalus sufre ese proceso y se ve desplazado por la destrucción, pero se marcha a Fez y luego a Egipto. A él, personalmente, no se le ha perdido nada en Toledo.



La “Guía de los Perplejos” encontró una muy fuerte resistencia entre los rabinos del Norte. Y al margen de otras consideraciones, no es descartable pensar que parte de la rabia hacia el libro venga generada por el nada ocultado desprecio que Maimónides siente por el Norte, por el país de los francos donde viven los Ifranj. Dice en “La Guía” (III, 48) que sus calles son “más hediondas que las cloacas, como se ve ahora en el país de los francos. Ya conoces el dicho de los Doctores: “el hocico del puerco se parece a inmundicias ambulantes”. Sin embargo, el nivel de destrucción de la vida judía de Al-Andalus es de tal magnitud, que se produce un cruce masivo de la frontera. Aún cuando para todos es familiar la poesía de Ibn Ezrá, que junto a Yehuda Halevi cruzaron la frontera cuando una turba anterior, los Almorávides, había atacado Lucena. Ninguno de los dos se llegó a adaptar a Toledo. Ni siquiera Yehuda, que era originario del Norte, de Tudela. Se marchó a Israel, asqueado de todo. Ibn Ezrá deambuló por todas partes y ninguna y regreso a Lucena a morir solo. El Norte es una tierra sin poesía, sin sol, sin nada que merezca la pena. Pero a destrucción Almohade es de tal magnitud que ya es inevitable habitarla.
Pero Maimónides se marcha a Egipto tras varias peripecias, pero eso no significa ningún tipo de consideración con el Islam: a Mahoma lo llama “El Loco” o el “Demente” y habla del Islam como el cumplimiento de la profecía de Daniel (Dan 7:8 ,20-27) en la que se habla de cuatro cuernos que representan a cuatro bestias, cuatro reyes. “La cuarta bestia será un cuarto reino sobre la tierra, que será distinto de todos los reinos, y devorará la tierra entera, y la pisará y la romperá en pedazos”. En esa lectura la figura de Mahoma corresponde con la de ese cuerno que “tenía ojos y una boca que hablaba grandes cosas y su aspecto era más imponente que el de las demás bestias” (Dn.7:20) y “hablará palabras contra el Altísimo y pretenderá cambiar los tiempos y la Ley, y ellos serán entregados en su mano hasta un tiempo y dos tiempos y la mitad de un tiempo” (Dn.7:25). Pero al final ese reino también será destruido y el Eterno rescatará “al pueblo de los piadosos”. Sólo hay que ser paciente, observante y esperar. Pero su perspectiva hacia todo lo que sucede al otro lado de la frontera, incluido el Judaísmo, es que tienen un fondo común de bestialidad y analfabetismo con los francos.

       Ibn Tibbon sí cruza. El conocimiento, en Toledo, es un artículo de lujo de mucha demanda. El que traducirá “La Guía” del árabe al hebreo y será verdadero patriarca de una familia de traductores recuerda en su Testamento a su hijo Samuel: “Ya sabes que los grandes hombres de nuestro pueblo alcanzaron la fama y altos honores gracias a que escribían en árabe”. Y cuenta un caso concreto: “El nasí R.Seset, de bendita memoria, gracias a su conocimiento de esa lengua alcanzó fortuna y honor, aquí y en el reino árabe, liquidó sus deudas y donó grandes sumas para obras de caridad”. En Toledo, todo lo árabe “vende” y esta de moda. Y si pensamos en esta Sinagoga como un edificio sin idea, como una mera copia de algo del pasado que recuerda a la Mezquita de Córdoba, aún así, implica una toma de posición, una toma de partido ideológica: las referencias son Omeyas, corresponden con el que en España se considera el momento de máximo apogeo del Islam como civilización. Y está en el corazón del territorio cristiano, no en el sur, entre los almohades. Hay un hambre por lo árabe a todos los niveles, como sinónimo de conocimiento. Pero tal vez el recordatorio de esa dependencia de Castilla con respecto a la cultura árabe y ese deseo de adquirir, traducir y cristianizar sus símbolos esté en la forma de las columnas, en ese octágono. Que nos recuerda la extraña historia de cómo un edificio islámico se convirtió durante varios siglos en la idea del Templo de Jerusalén. Y en la olvidada clave donde los extremos se tocan: la caballería y la Furusiya, o la Furusiya Cristiana y la Caballería Árabe, si se prefiere. De Ramón Llull y Qayyim al Jawziyyah, el llamado doctor de los corazones.