8.2.09

LAS JOYAS DE LA COLECCIÓN KAUFMANN


Dice Arthur Miller en su auto-biografía que desde muy niño adquirió el sentimiento de tratar con respeto a los libros. Al fin y al cabo – dice con ironía – “todos los libros tienen algo de santo porque todos son al final supuestos hijos de la Biblia”. En el caso de la maravillosa colección de manuscritos hebreos medievales de David Kaufmann (1855-1899), en Budapest, esa irónica, santa y supuesta relación es especialmente evidente.

 

En la edición On-Line de la Colección Oriental de la Biblioteca de la Academia Húngara de Ciencias se puede disfrutar de una reproducción fotográfica, página a página, de cinco manuscritos medievales completos y fragmentos de un sexto. Hay una Misnah del año 1.000 (llamado Codex Kaufmann y una de las más antiguas que se conservan). Una edición francesa del Misneh Torah de Maimónides, del siglo XIII, en cuatro volúmenes. Los inicios de cada libro están bellamente iluminados y en algunas páginas hay juegos de tipografía en el texto y los márgenes. Los fragmentos incompletos corresponden a un Sidur, un libro de oraciones, de la Italia del siglo XV. Hay además un par de Majzor (libros de oraciones especiales para Rosh Hassanah y Yom Kippur). Los dos proceden del Sur de Alemania, del siglo XIV. Uno tiene hermosas iluminaciones a color en los inicios de diferentes secciones, juegos con las tipografías y unas enigmáticas representaciones de figuras del zodiaco. El segundo, tiene un contenido artístico mucho menor y, salvo un elemento rojo en una página, la tinta es de un solo color. El último manuscrito es una Hagadah sefardí, catalana, del siglo XIV repleta de ilustraciones sobre la vida de Moisés y los momentos más importantes de la salida del pueblo de Israel de Egipto. En varios siglos de cambios de manos y diversas encuadernaciones el orden de las ilustraciones se ha trastocado y algunas se han borrado. El episodio del Paso del Mar, con el faraón y sus tropas vestidos con armaduras de hierro, la encantadora y confusa escena en el interior de una sinagoga del folio 42R, o las langostas representadas como dragones, tienen ese aire de larga noche y pesadilla fabulosa que asociamos con la Edad Media. Nombres como Maimónides, Najmánides o el concepto mismo de Sefarad no están asociados en realidad con ninguna imagen de un espacio físico o un objeto concreto. Son demasiado conceptuales., Iluminaciones como estas se elevan, de pronto, a la categoría de radiografía de una época. Y ese sigue siendo el callejón sin salida de un Kaufmann y de la mayoría de los historiadores y los interesados en el pasado judío de España; que buscan evidencias de lo que se llama “cultura material” para una cultura que se define, entre otras cosas, por la convicción de la futilidad de esas muestras de culturas materiales. Buscar un gótico “judío” o un “barroco hebreo” son ejercicios tan inútiles como buscar evidencias de un grupo de vegetarianos en la ruinas de un matadero.


Si el siglo XX fue el de la Cesta de Monedas para establecer el valor del Euro, el XIX fue el siglo donde esa misma Europa estableció los criterios y parámetros necesarios para ser considerado “un pueblo”, o una “raza” civilizada. Francia, Inglaterra o Alemania eran naciones de verdad, y una de las pruebas lo constituía su arte. Así que al echar un vistazo al pueblo judío preguntaron: ¿dónde está vuestra Notre Dame, vuestra Santa Maria Di Fiori, vuestro Vaticano? En realidad todo ese proceso de determinar qué pueblo podía considerarse civilizado y cual no se había iniciado muchísimo antes. Pero en la época de Kaufmann asistimos al momento de los eruditos atormentados. Los hombres apasionados que pertenecían a pueblos que habían quedado fuera del catálogo. En ese sentido se puede comparar a Kaufmann con su contemporáneo Menéndez Pelayo (1856-1912). En esa visión del mundo que se creó en el siglo XIX, el pueblo judío se fundió con el árabe en un término: “culturas orientales”. Pueblos sin cultura material real, sin arte, sin filosofía ni, por lo tanto, entidad propia. Pero España no corrió mucha mejor suerte. en el reparto de la civilización. Y en parte por la “contaminación” manifiesta con aquellas “culturas orientales”. ¿Cómo se podía hablar de una “raza española” con una presencia árabe de ocho siglos? Sin embargo, Menéndez Pelayo dedicó su vida a escribir obras realmente enciclopédicas para demostrar que en España había habido una ciencia que se podía llamar “ciencia española”, una historia del pensamiento; que la hispana era realmente una civilización, no un pueblo sumido en una eterna y agónica decadencia. Kaufmann, por su parte, llevó a cabo una tarea igualmente titánica para demostrar que el pueblo judío tenía también un arte y un pensamiento propio. Que se podía hablar de Ibn-Pakuda como de Plotino, y del arte en el interior de las sinagogas como del arte en el interior de las iglesias. Es curioso que Kaufmann fuera miembro correspondiente en el extranjero (Pest, Budapest) de la Real Academia de la Historia de Madrid. Ninguno de los dos logró mucho y su erudición y valía personal no ayudaron a cambiar ni un ápice la visión general, ni hacia la cultura judía, ni hacia la cultura española. Mientras Kaufmann intentaba por todos los medios mostrar al mundo lo occidental de la cultura judía, la sociedad de su época respondía con el nacimiento del anti-semitismo moderno. Y el esfuerzo monumental de Menéndez Pelayo y sus seguidores de mostrar que España era precisamente la realidad material de los que, articulados por el pensamiento cristiano, habían sido capaces de mantenerse al margen de la contaminación “oriental”, eran percibidos en el exterior como más orientales que nunca. La época de Menéndez Pelayo y Kaufmann es la del triunfo del orientalismo, la pintura y en menor medida la arquitectura que toma como motivos escenarios árabes de las mil y una noches y que utiliza España como fuente de inspiración. Y esos manuscritos resultan conmovedores porque expresan en el poder de los libros un fe ingenua y a la vez inquebratable en el conocimiento como antídoto contra la barbarie. O, más exactamente, el convencimiento de que se puede vencer el combate contra la ignorancia.

Si se mira con atención el contenido de los manuscritos, se puede llegar a la conclusión de que fueron creados por hombres no muy diferentes en sus valores e intenciones a los que después se convirtieron en sus protectores; hombres que constituían una excepción, no la norma, y quisieron enmarcar la cultura judía en los mismos términos que las de sus vecinos para hacerla respetable. Aunque ello supusiera una invalidación de los principios de esa misma filosofía. Lo más probable es que las miniaturas fueran llevadas a cabo por artistas cristianos. Y en la composición de las figuras y los colores hay una técnica aplicada normalmente a los libros y los retablos cristianos, no a los libros judíos que no tienen sentido como objeto en sí, sino como vehículos de su contenido, de las ideas que expresan. Los textos de estos manuscritos no resultan novedosos ni corrieron nunca el riesgo de perderse, al contrario, han sido textos de uso común y diario. Lo que dejaba aún mayor espacio a sus creadores para convertirlos en obras de arte en sí. Resulta chocante, por ejemplo, que una de las convenciones tradicionales en la decoración de sinagogas sea el evitar la representación de figuras humanas. Y en la Hagadá catalana, el episodio de la zarza ardiente está representada con un hombre que sale de entre las llamas; un caso perfecto de incumplimiento del mandamiento de no hacer imágenes que pretendan representar lo divino. Más bien, en el caso de esa misma Hagadá y en el Mishné Torah de Maimónides, es como si los artistas hubieran llevado a cabo los dibujos sin conocer ni entender el contenido de los libros mismos, lo que da lugar a algunas extrañas paradojas.

Así que, para volver a Miller. Estos manuscritos no son una excepción en esa irónica, santa y supuesta relación de todo libro como “supuesto” hijo de la Biblia”. Supuesto, porque todo su contenido bebe directamente de la Biblia, o sea, de una autoría compleja e irresoluble. Santa porque esos manuscritos tienen la rara condición del libro privado, de convertirse en una encrucijada y convocar a hombres apasionados, de los que no aspiran a vencer, sino a convencer. Y en cuanto a la ironía, hay bastante. El caso más evidente de esta dicotomía entre el contenido del texto y el de la imagen es, sin duda, el folio I.46v. Si se amplia la fotografía, se puede ver en el ángulo superior izquierdo, con toda claridad, la figura de un hombre con los pantalones bajados. Un poco más abajo, está el índice de ese libro, donde se anuncian las formulaciones de las halajots para los Tefilim, los Tzit-tzits o la Keriat Shema.

Es cómo si el anónimo artista al que se encargó la iluminación supiera de antemano que libros como estos nacen para ser exhibidos, no leídos. Mostrados, no utilizados. Plagados de guiños y señales, sin un interés real por el contenido; como un pretexto para el juego. E hizo un guiño a la posteridad para demostrarlo. Uno de esos pequeños juegos de bibliotecario que son los que hacen al fin y al cabo tan curiosos a los libros raros. Y que tanto apasionaron a Kaufmann y a Menéndez Pelayo.