27.9.09

Sefarad - El Viaje de Eva

Documental Mujeres Judias Sefarad EVE


“El Viaje de Eva” es el título que finalmente mejor refleja la historia de 65 minutos que comenzamos a grabar, hace casi dos años, con el título provisional de “Perfiles”.




“El Viaje de Eva” ha sido producido íntegramente por La Sastrería Demente y Franja Producciones. Con el entusiasta apoyo del catedrático de la complutense Julio Montero (productor y responsable de la entrevista a Cati Bohrer en 2.002), la Comunidad Judía de Madrid, que nos proporcionó material gráfico de su museo, la Embajada de Israel y una larguísima lista de individuos y familias que nos han abierto sus casas y sus álbumes familiares y componen una de esas largas listas de Agradecimientos que suelen ser proporcionales a las fuentes de financiación. Porque en esta producción, no hemos recibido ningún tipo de ayuda, ni pública, ni privada. Eso ha hecho que, como en toda producción independiente, las últimas etapas de la Post-Producción hayan sido, digamos, ligeramente más complejas de lo esperado. A lo que hay que añadir la fantástica situación económica del país, la deserción a la francesa del músico en el último momento y problemas técnicos de esos de “¿Eso que se acaba de borrar del disco eran las dos últimas semanas de trabajo? Sí, y no hay copia…”.




Pero ya está. La maqueta ya ha salido rumbo a los primeros festivales internacionales y tenemos por delante ocho semanas de mal llamados “procesos técnicos”. Pero todo esto es al final poco más que anecdotario, nuestro propio viaje con Eva, con una peliculita de historias mínimas. Siete mujeres. Siete visiones diferentes del Judaísmo y un país, España, hogar de una de las más pequeñas y desconocidas comunidades judías de Europa.
Documental Judios Sefarad EVE
Un intento, llevado a cabo de corazón, por recorrer los senderos geográficos y existenciales que ilustran los diferentes caminos que han llevado a cuatro generaciones de mujeres muy concretas hasta la España contemporánea. Desde los días de las deportaciones en Budapest, durante la Segunda Guerra Mundial, hasta el floreciente Tánger en los días en que era una ciudad Internacional y se convirtió en refugio de exiliados. El mismo Tánger que seguía siendo uno de los más importantes destinos y centros neurálgicos en el Norte de África de los descendientes de los expulsados en 1492, los Sefardíes. Argentina, Venezuela, Israel, Egipto.

Irit Green de Radio Sefarad, documental EVE Mujeres Judias en España
"Creo que la mayoría de la gente no lo sabe. ¿Cómo vas a saber en lo que crees?"



Y como destino final, Madrid. Donde Cati, Eva, Ana, Irit, Rosa, Verónica y Leah son parte de la pequeña pero muy activa Comunidad Judía de Madrid. Aún cúando el término tiene para cada una de ellas un sentido totalmente diferente e incluso antagónico con respecto a las otras, todas han hecho de la continuidad del “Judaísmo” una parte esencial de sus vidas. Un viaje que es una oportunidad para asomarse a las viejas preguntas: ¿Qué nos hace judíos? ¿Ser parte de una Comunidad? ¿La Religión? ¿La Tradición? ¿La Educación? Y sobre todo; ¿qué sentido tiene ser judíos?
EVA Benatar, documental <strong>EVE</strong>, <strong>E</strong>l <strong>V</strong>iaje de <strong>E</strong>va
"Como verás, no somos religiosas pero somos extremadamente judías"


25.5.09

Givat Oz - 60 years

24.5.09

Maimónides en Gaza.

A 6 meses de la Operación Cast Lead, Israel y los judíos viven su peor momento mediático y el resurgimiento de los antiguos prejuicios.

Es un lugar común decir que la historia la escriben los vencedores, y Gaza no ha sido una excepción. A la operación militar Cast Lead le ha seguido una respuesta que se podría llamar Broad-Cast Lead, una tormenta mediática donde Israel ha sufrido, y está sufriendo, una derrota sin precedentes desde la creación del Estado en su actual configuración, en 1948. Cuando están a punto de cumplirse seis meses del inicio de las operaciones militares, la idea expresada en la falsa proposición de que “los judíos hacen a los palestinos lo mismo que los nazis les hicieron a ellos” ha dejado de ser un prejuicio para transformarse ante la mayoría lo que en lógica se llama un axioma, una verdad evidente que no requiere demostración. A 9 siglos y 3.500 kilómetros de distancia de Gaza, en Córdoba, Maimónides denominaba a este tipo de afirmaciones “percepciones”, como nuestro conocimiento de que esto es negro, aquello dulce y lo de más allá caliente. El tipo de cosas que “son así, y punto”. Luego están las convenciones, aquellas verdades en las que lo que prima son los usos y costumbres de la mayoría, como que no se debe ir desnudo por la calle o que pagar una deuda es mejor que no hacerlo. A este nivel, afirmar que “los judíos hacen a los palestinos lo mismo que los nazis les hicieron a ellos” deriva rápidamente en la idea de que por algo los nazis hicieron lo que hicieron y que, de alguna manera, los judíos se lo merecían o suponían un peligro y una amenaza que había que combatir. Que tal vez se excedieron en la forma, pero que respondía a una amenaza real en el fondo. Que “por algo sería” como dice Antonio Gala (1936) en uno de esos articulitos rancios en los que aflora la decrepitud de un autor que hace mucho que no tiene nada que decir y que a la falta de argumentos con los que llenar su columnita, tira del viejo refranero para afirmar lo mismo que su abuelita: que los judíos “son malos”. Porque eso es algo que “dice todo el mundo”, de forma tradicional, la siguiente categoría de la que hablaba Maimónides. Se entiende por tradición aquello que es dicho por una persona o un grupo reconocido como autoridad tradicional por la mayoría.

Una vez que tenemos encima de la mesa todas estas “verdades que no requieren demostración” (que los judíos son malos, que los judíos son peligrosos, que los judíos son en el fondo nazis), llega la hora de expresarlas, de articularlas por medio de la palabras en uno o varios discursos. Y Maimónides utilizaba la misma terminología que los clásicos greco-latinos a la hora de clasificar los distintos lenguajes, discursos, en los que se combinan estas afirmaciones. Así que hablaba de demostración, dialéctica, retórica, sofística y poética (entendido este término como teatro). Y en España los tenemos todos, añadidos a un hecho bastante desconcertante: es el país más anti-judío de Europa y es, precisamente, en el que menos judíos viven. No es una situación nueva.

Antonio Gala (1936). Decrepitud, convención y tradición.

En 1933, poco después del Crack financiero del 29, en la España Republicana había todavía menos judíos que hoy y, sin embargo, la propaganda electoral de la Alianza Nacional estaba plagada de menciones al “Judaísmo Internacional” como un peligro cierto. Como hoy no deja de ser sorprendente que en España el 68% de los entrevistados crean a los judíos responsables de la actual crisis financiera. Que el 60% crea que los judíos son más leales al Estado de Israel que a su país de residencia, o que el 46% esté convencido de que los judíos se “quejan demasiado” de la Shoa, del Holocausto. ¿De dónde vienen todas estas ideas si no hay judíos en España hoy como no los había en 1933? ¿Cual es la experiencia de primera mano que lleva a semejante conclusión? ¿De dónde procede este anti-judaísmo que emerge de forma natural y encuentra en cada acontecimiento la “evidencia” de algo anterior, inmaterial y oscuro que coloca a los judíos en una situación de excepcionalidad? En realidad; ¿cual es el conflicto y quienes son sus protagonistas? ¿Los árabes? ¿Los palestinos? ¿Los israelíes? ¿La Justicia? ¿La Religión?

Empecemos por las demostraciones, aquello que se dice a partir de las percepciones. Gaza no es la causa, sino la “demostración” de la supuesta naturaleza malvada de los judíos y lo espurio del Estado de Israel, o sea, es la “confirmación” de algo previo, no la expresión de una indignación momentánea y puntual contra un hecho concreto. Con las convenciones se articulan y construye la dialéctica. Al utilizar Gaza como demostración de una verdad anterior, que los judíos son malos, Cast Lead se transforma en un episodio más en una larga lista, en la causa de un mismo problema. Lo que conduce a la afirmación de que si no hubiera habido una operación Cast Lead nadie estaría diciendo la cosas que se dicen y que los judíos tendrían mejor prensa. O más aún, que la creación del Estado de Israel ha sido la causa real que ha convertido Oriente Medio en un foco de conflictos; que la mera existencia del Estado de Israel es una amenaza para la paz. Ambas afirmaciones son falsas por definición: le otorgan a una posibilidad el mismo valor que a un hecho. Considerar que lo que ha sucedido es igual que lo que podría no haber sucedido. Y lo que resulta sorprendente es que a todos los episodios relacionados con Israel se les atribuya la misma causa; los judíos y su carácter. Las razones, acertadas o equivocadas, por las que el Estado de Israel se decidió a llevar la operación militar resultan irrelevantes o más bien falsas. Israel es siempre el problema. Pero de alguna manera todo esto es cierto; hay un “algo” anterior a todo esto que sucedió en Gaza, un algo que recuerda a los judíos que son vistos como un problema.

En la retórica son las verdades de la tradición las que entran en juego. Basta con abrir un periódico. La prensa, de forma involuntaria, pone en evidencia la naturaleza inmaterial, supra-racional y casi mecánica del anti-judaísmo trasladado a anti-israelismo. Los términos “antisemitismo” y “Ley del Talión” son un buen ejemplo. Como respuesta a una muy desafortunada carta del Embajador de Israel en España al periódico El País, su director, Javier Moreno, respondía por medio de su corresponsal en la zona que “lo que desató la ira no es que Israel se defendiera, sino la desproporción de su respuesta”. ¿Qué es la Ley del Talión sino la respuesta proporcionada ante una agresión, cuando se produce un daño? Que El País, como otros medios, se sientan indignados por la no utilización de su propia comprensión de la Ley del Talión – que no tiene nada que ver con lo que ese mismo término significa dentro del Judaísmo - sólo revela hasta que punto la excepcionalidad de todo lo judío hace que afloren otros componentes, cuasi-mágicos, en la descripción de la realidad. Y cuanto más se intenta hacer ver que lo que “allí” sucede puede entenderse en las mismas coordenadas que otros conflictos, más se revela a través del lenguaje lo excepcional y lo diferencial. Que la expresión “Ley del Talión” sirva para ilustrar una cualidad “racial” o “espiritual” netamente judía, entreverada por el sentimiento de venganza, mientras que por otro lado se exija la aplicación de sus principios – la proporcionalidad: ¿a quién define? ¿A los judíos? ¿A Israel? ¿O a la convencional, tradicional y muy contradictoria visión de lo judío? Y en cuanto a la pregunta que se hacía El País, si era “antisemita criticar al Estado de Israel”, la respuesta está en su mano: ustedes dirán. El término “antisemita” es reciente – siglo XIX – y se define como una ideología cuyo objetivo es la erradicación de los judíos y de todo lo judío. Es de suponer que la frontera entre el complejo “antijudaico” y el antisemitismo está en la razón y en la intención, no en la formulación. Así que la respuesta, está en su mano. No en la de El País, sino en realidad en la de cualquier medio.


Porque se podría acusar a los medios de comunicación, como a menudo se hace, de estar llevando a cabo una maniobra orquestada con el fin de desacreditar a los judíos en general y a Israel en particular “a propósito”. Esa es la acepción de “sofisma”, el discurso que se lleva a cabo para desacreditar o insultar a alguien de forma consciente (que es lo que marca la diferencia de la crítica y el antisemitismo). Pero pensar que existe una campaña de esta magnitud no es más que una forma de dogmatismo a la inversa. Si se asume que eso es posible, se tiene que asumir que la imaginaria existencia de un “lobby judío internacional” que controla el mundo desde las sombras es igualmente plausible. Es responder a la paranoia, con más paranoia. A la simplificación, con una simplificación mayor. Por supuesto que existen organizaciones concretas, hombres con nombres y apellidos donde se dan la mano lo miserable, lo vil y lo malvado y que tienen un objetivo concreto: la destrucción del Estado de Israel y la eliminación física de los judíos. El tipo de organizaciones e individuos que son exactamente el objetivo de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado de Israel y que tienen un perfil similar al de otros individuos y organizaciones que son igualmente objetivos claros de las fuerzas de seguridad de cualquier nación: criminales. Pero criminalizar a los periodistas es faltar a la verdad. El corresponsal o el redactor español son hijos de una sociedad en la que existen unas convenciones y una serie de tradiciones en la que lo judío tiene muy poco que ver con lo real, es más bien, un símbolo. Y la validez de un símbolo – por ejemplo, que la Tierra es el centro del Universo – no depende de su veracidad científica, basta con que remita a una experiencia común. ¿Cómo se ha llegado en España a construir la imagen convencional, perpetuada por la tradición, de lo nefasto de todo lo judío? ¿Por contacto con judíos de carne y hueso, por conflictos con el Judaísmo? ¿Cuál es el origen de todas estas convenciones y tradiciones? ¿De la Iglesia Católica?

Si la jerarquía católica tuviera el poder de controlar la opinión de los españoles hasta el punto de llevarles a un acuerdo total sobre un punto, es poco probable que utilizaran esa fuerza contra los judíos españoles, que en el fondo les importan un bledo, y que se concentraran en objetivos más acordes a su propia agenda. Como la eliminación de las leyes de divorcio, de aborto, uniones civiles de personas del mismo sexo y, posiblemente, la re-introducción de la asignatura de religión en los planes de estudio. Más bien al contrario, son los “musulmanes” la categoría ideal que se eleva como una “amenaza” contra el Cristianismo. “Musulmanes” o “árabes” que en esta visión del mundo no son muy diferentes a los judíos o los serbocroatas: son el Otro, la amenaza de lo distinto. Un símbolo. Si no es la Iglesia, ¿es la izquierda? Se puede decir lo mismo. Por supuesto que el anti-israelismo es parte de esa difusa, tradicional y muy convencional visión del mundo en la que los “malos” se oponen a los “buenos” y ningunos peores que los norteamericanos y los judíos (que los controlan, claro). Puede ser una visión convencional y decrépita, pero articula los sentimientos de muchas personas de acuerdo a aquel principio de que los símbolos permiten dar soluciones simples a problemas complejos. Como articula igualmente a algunos de los “nuevos defensores” de Israel desde la derecha, que operan a partir de los mismos falsos principios: puesto que Israel “mata moros”, Israel no es “malo”, sino “bueno”. Puesto que Israel molesta a la izquierda, debe ser algo bueno. ¿Tiene eso algo que ver en realidad con Israel, con los Judíos, con Gaza u Oriente Medio, o más bien con la dinámica interna en la que ha entrado España? Una dinámica muy peligrosa, no para el pueblo judío, ni para Israel, sino para la sociedad española misma donde la asunción de falsos axiomas tiene como resultado el fin del diálogo. Lo que queda expresado en un muy desagradable incidente que tuvo lugar hace unas semanas. Uno de los personajes de la película, Eva Benatar, asistió a un homenaje a los presos republicanos españoles en los campos de concentración alemanes. El padre biológico de Eva murió en deportación, y una de sus preocupaciones a lo largo de las últimas décadas, junto a muchos otros, ha sido la de dar a conocer la realidad del Holocausto. Que no se trata de un mito ni un juego de números, sino un hecho histórico de consecuencias crueles y nefastas. En colaboración con el Centro de Amistad Judeo-Cristiana desde hace años se recuerda con un acto la Shoa, y casi todos los años estos actos se han celebrado junto a una serie de conferencias (con expertos como Alex Baer, Reyes Mates o Jacobo Israel entre otros). Como se han llevado igualmente a cabo actos en el Ateneo, en el Circulo de Bellas Artes y, desde la creación de Casa Sefarad-Israel, se han ampliado los medios dedicados a estas actividades en estrecha colaboración con el Múseo Yad Vashem de Jerusalén. Tras la Declaración de Estocolmo, en el año 2.000, Eva, junto a mucha otra gente (que incluía personas de la desaparecida Hebraica y del Ministerio del Interior) lograron que se estableciera un Acto de Estado antes de que la UE designará oficialmente un día como Memoria del Holocausto y para la prevención de los crímenes contra la humanidad. Estos actos se han llevado a cabo en el Congreso, el Senado además de en el Paraninfo de la Universidad Complutense. Pero en esta ocasión, no se planificó su intervención en la Complutense y asistió en calidad de espectadora. Al final del acto, el Rector de la Universidad, Carlos Berzosa, dijo aquello que ya es un lugar común, por convención y tradición, que los campos de concentración son un recordatorio de una barbarie, “como la de Gaza”. Cuando al final del acto Eva se dirigió a él para hacerle notar que la observación no parecía muy acertada por parte de la mayor autoridad de la mayor universidad española, toda la respuesta de Berzosa fue: “Esto es lo que hay, señora”. Y luego le dio la espalda. ¿Quién estaba castigando a un individuo por su pertenencia a un colectivo? ¿Quién estaba negando toda posibilidad de diálogo, no en Oriente Medio, sino en el centro de Madrid, a una persona en nombre de un prejuicio? Es la lógica del progrom; el castigo a un judío es un castigo a todos los judíos y cualquiera está autorizado a ejercerla. Es más, tiene el deber moral de hacerlo como un imperativo categórico.


El desafortunado Carlos Berzosa, Rector de la Universidad Complutense de Madrid.


En la última categoría de discursos posibles, Maimónides hablaba de poética, un término que para él tenía la misma acepción que para Aristóteles: el teatro. Las artes de la imitación. El 7 de enero de 2009, cuando la operación militar estaba aún en marcha, se llevó a cabo en el Reino Unido la representación de una mini-obra de diez minutos, “Siete niños judíos” en la que Caryl Churchill (1938) hace una muy convencional breve historia del Estado de Israel que es mala por las razones de las que hablaba Sartre, porque resulta una alabanza al anti-judaísmo. En la obra (que puede descargarse on-line y se invita a representar en todas partes) se cuenta lo mismo: que de ser victimas, los judíos se han convertido en verdugos, sobre todo, de niños. En España, donde el teatro está atenazado por la esclerosis de la dependencia absoluta de las subvenciones públicas, es de esperar que este tipo de obras aparezcan a partir de ahora, cuando el Ministerio de Cultura decida y haga pública la cuantía de las subvenciones. Pero más o menos al mismo tiempo que Caryl Churchill representaba su obrita, en España se llevó a cabo una iniciativa espontánea bajo las mismas coordenadas: colectividad y niños muertos como protagonistas. Se tituló “Poesía contra la Barbarie” y se invitaba a llevar a cabo un recital simultáneo el 31 de enero de 2009 “en todas partes” para denunciar la barbarie de Israel y exigir “Israel fuera de Palestina YA”. Tal vez hayan publicado un libro con el resultado de tamaña hazaña y en el diálogo con uno de las personas que apoyaban la iniciativa, el poeta Chema Rubio, no tuve más remedio que volver a utilizar las palabras de Sartre, cuando dice que la literatura está enajenada en el momento en que pierde la autonomía y se somete a los poderes temporales, a una ideología y “en pocas palabras, cuando se considera un medio y no un fin incondicionado”. Su respuesta fue “Israel es sólo una palabra”, lo que en realidad encierra una verdad muy profunda y, de nuevo, muy convencional: que Israel es, sobre todo, una palabra excepcional. No me atrevo a decir por qué lo es para los demás; sólo invitarles a que mediten sobre ello. A que den su propia respuesta a por qué el término Israel desafía de forma involuntaria sus percepciones, sus convenciones y sus tradiciones. Por qué sus modelos intelectuales – como Gala, Churchill o Saramago – tienen más de 70 años y sus ideas sobre los judíos, hunden sus raíces en el mito, fuera del tiempo y los hechos concretos, hasta el punto de invertir los términos de toda lógica para acomodar la realidad a sus prejuicios.


Palestinos en España: pongamos que hablamos de Madrid.

Y al mismo tiempo, invito a los palestinos españoles, o residentes, a que reflexionen sobre su propia realidad. A preguntarles si apedrear una embajada, aquí, no allí; amenazar de muerte a los judíos aquí, no allí, o quemar banderas aquí, no allí, son las respuestas que los definen. En otras palabras, si están dispuestos a desafiar sus propias percepciones, convenciones y tradiciones y, al hacerlo, desafiar las de los demás. Empezando por los judíos en general, y los israelíes en particular.

17.5.09

Surcos en el Ciclo de Cine de las 3 Culturas

El extraño caso del Señor Susaní (y otros pensadores judíos del Siglo XX)

Única foto que se conserva del enigmático Monsieur Chouchani. Según algunos, uno de los mayores maestros del siglo XX.


El Talmud se inyectó de nuevo en el pensamiento de Occidente en el siglo XX por el camino más insospechado. Un camino que, de alguna manera, aún no ha concluido ni ha terminado de dar sus frutos; no ha pasado el tiempo suficiente. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial un hombre enigmático, que se hacía llamar Monsieur Chouchani y que iba vestido como un vagabundo, apareció en París y por uno u otro camino, acabó convirtiéndose en el maestro de dos de las personalidades del pensamiento judío contemporáneo: Wiesel y Levinas. Hombres en cuyo recuerdo Susaní era, simple y llanamente, uno de los más grandes maestros del Siglo XX.

El primero fue Elie Wiesel. Un día de 1947, mientras viajaba en tren repasando sus notas sobre el Libro de Job para una conferencia de Shabat, Susaní le arrancó el libro de la mano y le preguntó en Yiddish por qué creía que era capaz de hablar de aquel libro en público, cuando en realidad no era capaz de interpretar ni tan siquiera la primera línea. En realidad Wiesel ya le había visto antes, en París, donde unos amigos se lo presentaron como “un sabio”, “un idiota” y un “sabio idiota”. Como entonces, Susaní iba mal vestido, estaba sucio y parecía un pordiosero. Pero con unas pocas preguntas, el mismo Wiesel se dio cuenta de que tenía razón, de que no tenía la menor idea de cómo interpretar el Libro de Job. La cosa no quedó ahí. Susaní acompañó a Wiesel hasta su destino y asistió a su charla, en silencio. Cuando Wiesel terminó, Susaní se puso en pié y empezó a hacer preguntas a los oyentes sobre el Shabat. “¿Qué es el Shabat?”, “¿Por qué se le llama reina?”. Susaní inició entonces una improvisada conferencia en la que, atónitos, todos los espectadores veían como aquel hombre citaba de memoria fragmentos enteros de la Torah, poesía hebrea del Siglo de Oro andalusí y textos de los maestros kabalistas de Safed. Wiesel se convirtió inmediatamente en su discípulo.

El segundo fue Levinas. Para aquel entonces, Levinas ya había sobrevivido a un campo de concentración alemán – como soldado francés prisionero -, había sido capaz de refutar a Martin Heidegger, de quien había sido alumno directo, y era, en definitiva, un hombre con la respetable trayectoria personal y profesional como para dirigir la Alianza Israelita Universal y su Escuela Normal Oriental. Levinas no tenía el más mínimo interés en conocer a aquel Susaní que se comportaba como una especie de Sócrates judío. Por insistencia de un amigo común, accedió finalmente a conocerle en 1947. De acuerdo a una versión apócrifa, Levinas y Susaní se pasaron una noche entera discutiendo y al amanecer Levinas dijo “No tengo ni idea de lo que sabe, pero evidentemente sabe todo lo que yo se”. En los cinco años siguientes, Levinas también se convirtió en su discípulo. Levinas ya había estudiado el Talmud en su infancia, en Lituania. Pero Susaní le ofreció una perspectiva totalmente nueva. Primero le invitó a que dudara de absolutamente todo para luego mostrarle como el Talmud es en realidad el contexto para entender un texto, la Torah. De la misma manera que en toda lectura el contexto es lo que permite alcanzar una visión de conjunto. Años después Levinas publicó varios libros sobre el Talmud, donde pone en evidencia las profundes raíces filosóficas de sus textos y lo vanguardista de sus aproximaciones a la realidad. Lecturas en las que se reconcilia el Talmud con la post-modernidad. Pero en realidad la herencia de Susaní sobre el pensamiento de Levinas se hace patente y permea en buena medida toda su obra desde su primer encuentro. En 1952 Susaní se marchó al recién nacido Estado de Israel. Estuvo allí una temporada, regresó a París y de allí se marchó a Montevideo, en Uruguay, donde murió en 1968. Elie Wiesel pagó su lápida, en la que redactó como epitafio: “El Sabio Rabí Susaní de Bendita Memoria. Su nacimiento y su vida están sellados en el enigma”.



A través de la obra de Enmanuel Levinas (1906-1995) el pensamiento de Chouchaní alcanza la escritura y coloca el Talmud en el centro del pensamiento post-moderno. Foto de Bracha Ettinger.

Todos los que han intentado reconstruir su biografía o desvelar su verdadera identidad se han encontrado con la misma información, y las mismas barreras. Su biografía sólo puede llevarse a cabo como la de un personaje de un Midrash, o la de un maestro jasidista. Uno de aquellos hombres para los que las fronteras no existen y el mundo es una sucesión de ciudades en las que se reúnen hombres para estudiar Torah, que es dialogar y, sobre todo, discutir. Su falso nombre, Mordejai Ben Susán, está sacado del Libro de Esther, lo que puede entenderse como una forma de crear un contexto para dirigir la lectura que Susaní parecía esperar de los demás, hacia sí mismo, y hacia lo que les rodeaba. Hay quien dice que estaba en Marruecos, en los años 20. A Levinas le contó que había perdido prácticamente todo en el Crack del 29 y que por eso no estaba dispuesto a regresar a los Estados Unidos. Se presentó en el Kibbutz Be'erot Yitzhak, en Israel, pidiendo alojamiento y comida a cambio de dar clase “de lo que queráis”. Le pusieron a prueba y dio una lección sobre el Talmud en la que corrigió algunos fallos tipográficos de los Tosafot. La audiencia se quedó atónita. Como todos los que le conocieron. Parecía saberlo todo, y haber llegado a ese conocimiento “de corazón”, más allá de toda enseñanza formal. En lo que también coinciden todos los que se cruzaron con él, era en su obsesión por ocultar su pasado. En las sinagogas se negaba a subir a la Torah por no ser llamado por su verdadero nombre. Y había desarrollado además una extraña obsesión con la comida; no quería que nadie se acercara a sus alimentos y evitaba comer en público.


Elie Wiesel intentó desvelar su verdadera identidad y encontrar el hecho traumático por el que Susaní parecía querer, por todos los medios, ocultar su pasado. Pero fue su último alumno, Shalom Rosenberg (más tarde profesor de la Universidad Hebrea) que lo conoció cuando Susaní vivía en Montevideo y él en Buenos Aires, el más sólido defensor de un nombre: Hillel Perlmann. Según Rosenberg, Abraham Isaac HaCohen Kook, padre del sionismo religioso, lo menciona en dos ocasiones como alumno suyo en 1915 y le pide a Rabí Meir Bar-Ilan, que en ese momento vive en los Estados Unidos y será su sucesor, que lo aloje con él. Según Rosenberg, Perlmann, o Susaní, le contó que había estudiado con Kook dos años en Palestina.

Rabí Kook (1864-1935), primer Gran Rabino Askenaz del Hogar Nacional Judío y fundador del movimiento sionista religioso Mizrahi. Según Shalom Ronsenberg, de la Universidad Hebrea, Susaní fue alumno suyo durante dos años, en Palestina.


¿Qué tenían en común muchos de aquellos hombres, y mujeres, que se cruzaron con Susaní? Haberse encontrado antes con Martin Heidegger (1889-1976), uno de los pensadores más audaces del siglo XX y uno de los pocos pioneros en más de 25 siglos de filosofía entendida como tal, como una disciplina que hunde sus raíces y se reconoce en el pensamiento clásico griego. Digamos que Heidegger se encontró en los años 20 con la misma barrera con la que se habían encontrado muchos antes que él, como Maimónides: Aristóteles. La Física o la Medicina pudieron convertirse en lo que son, ciencias, cuando precisamente se despegaron del pensamiento clásico y, como decía Galileo, “dejaron de leer la realidad en este o aquel libro de Aristóteles para leer en el libro del mundo”. Cuando la observación y el análisis de la realidad sustituyeron a las elucubraciones filosóficas. Pero ni los avances tecnológicos, ni el mayor conocimiento del Universo y la materia del que disponemos hoy han podido superar los límites de la lógica tal y como Aristóteles la describió en un conjunto de obras que han sobrevivido bajo el nombre de “Organón”, Tratados de Lógica. El modo en que ordenamos el pensamiento hoy es el mismo de la época de Aristóteles y, podríamos decir, el mismo desde que el hombre es hombre. Como expresaba otro de los grandes filósofos del siglo XX, Ludwig Wittgenstein, “la lógica no es una teoría, sino una figura especular del mundo”. Y el mecanismo lógico que utilizamos para comparar la belleza de dos mujeres en la calle es el mismo con el que un científico compara dos datos. Llegamos a una conclusión después de derivar un juicio a partir de otros dos. Aristóteles fue el primero capaz de analizar la lógica y el primero con toparse con sus límites: no es posible probar los últimos fundamentos de la prueba; no es posible explicar las causas últimas de la explicación. Digamos que no le damos demasiadas vueltas a algunas cosas, porque al hacerlo, descubrimos que en el corazón de nuestra lógica hay algo profundamente irracional o, más exactamente, supra-racional. La lógica aristotélica, como disciplina de estudio de cómo pensar de forma correcta e incorrecta, nunca fue superada. Simplemente, quedó arrinconada, y algunos de sus términos se han convertido en palabras comunes en todos los idiomas (axioma, hipótesis…). En el siglo XX, Martin Heidegger la desenterró para recordar que Aristóteles seguía ahí, como una asignatura pendiente.

Martin Heidegger (1889-1976). La ineluduble bestia negra del pensamiento europeo del siglo XX.

Aristóteles insistía en que la filosofía, como disciplina científica, debía estudiar “los muchos significados de la palabra ser, no como cantidad ni como movimiento, ni bajo ningún otro aspecto, sino justa y solamente en cuanto a ser”. Heidegger retoma la cuestión y se pregunta. ¿Tiene algún sentido preguntarse por lo que “es” algo? “Reiterar la pregunta que interroga por el ser quiere decir, por ende, esto; desarrollar de una buena vez y de una manera suficiente la pregunta misma”. En un libro complejísimo que tituló “El Ser y el Tiempo” (1927), Heidegger no sólo desarrolla la pregunta, sino que avanza algunas de las conclusiones. La primera, que algunas de nuestras preguntas por el “ser” son, simple y llanamente, absurdas. Por ejemplo “¿Qué es el tiempo?”, es una pregunta absurda porque es afirmar que el tiempo es un “ser”, cuando no lo es. En segundo lugar, que la mayoría de nuestros problemas filosóficos no tienen nada que ver con las ideas, sino con las palabras que utilizamos para expresarlas. Y, en tercer lugar, llega a la conclusión de que el ser humano sólo tiene conciencia cierta de una cosa: su muerte. Y que en ese tiempo de descuento que es la vida, es la angustia de la muerte lo que produce nuestras emociones y nuestro sentido del tiempo. Descartes, enfrentado al mismo problema, había llegado a la conclusión del legendario “Cogito ergo sum”, “pienso, luego soy”. Heidegger dice que es un planteamiento absurdo porque el hombre no vive en una caja, aislado de los demás, sino todo lo contrario, vive en relación con otros. Y el elemento en común es esa “conciencia de muerte”. Algo así como “soy, luego moriré”. Por eso, entre otras cosas, a Heidegger se le considera el padre del existencialismo. Pero su impacto en el pensamiento moderno va mucho más allá y algunas de las ideas de aquel libro se han transformado en nuevas disciplinas o escuelas – como los existencialistas, los de-construccionistas- que han desarrollado algunas de sus intuiciones de forma más explícita. Pero, de alguna manera, se puede decir que Heidegger insufló un hálito de muerte en el pensamiento europeo. Y resulta muy simbólico que fueran precisamente un conjunto de pensadores judíos los que, sin dejar de reconocer a Heidegger “una deuda que se le reconoce, en ocasiones, a disgusto”, se lanzan a la operación contraria, a proclamar la vida.

Levinas había sido alumno de Heidegger, en Friburgo, a finales de los años 20, en la época en que se decía que Susaní estaba en Marruecos y ya vivía como un mendigo, en busca de alumnos de ciudad en ciudad. Una de las razones que llevaron a Heidegger a Friburgo fue la de ocultar su romance con una joven estudiante judía de 18 años llamada Hanna Arendt. Él tenía 35 y era padre de familia. Y fue precisamente en Friburgo, en el año 1933 donde Heidegger se afilió al Partido Nacional Socialista Alemán y leyó un discurso en su toma de posesión como rector en el que habla con abierta admiración y simpatía a los nuevos gobernantes. Tanto para Arendt como para Levinas, además de una decisión difícil de entender, se transformó en la muerte de un ídolo. Arendt tuvo relación con él – epistolar – hasta el final de su vida y las cartas pueden leerse en castellano en una edición fabulosa. En cuanto a Levinas, se distanció de él definitivamente y, sobre todo, contra-atacó desde la filosofía para romper el cerco del existencialismo. Nunca más un ser para la muerte sino un ser para el Otro, para los demás. ¿En qué medida el misterioso señor Susaní contribuyó en el pensamiento de Levinas? Tal vez sea una de esas preguntas que no se pueden hacer, que resultan absurdas. Pero podría decirse que de alguna manera se re-conocieron como interlocutores posibles para establecer un diálogo. El que sea, tal vez, el elemento común en la filosofía judía del siglo XX, el concepto de diálogo. Resulta muy significativo que ante la disolución de la realidad a la que lleva la filosofía en el siglo XX, el diálogo con el otro ha sido la conclusión a la que han llegado diferentes autores judíos, desde escuelas y tradiciones diferentes. Es la base de la filosofía de Martin Buber, por ejemplo, también profesor en Alemania, luego expulsado tras el ascenso de los nazis en 1933. Y cabría preguntarse; ¿por qué? ¿de dónde viene esta idea del diálogo con el otro como camino para superar las paradojas de la lógica y saltar desde la filosofía por encima de los callejones sin salida de la filosofía? ¿Hay algo netamente judío en esta respuesta, una seña de identidad de un pensamiento filosófico ajeno al pensamiento clásico griego pero que dialoga con él de tanto en cuando?

Martin Buber (1878-1965). Diferentes caminos, mismas conclusiones. El diálogo y la conciencia del Otro como respuesta judía a las paradojas irresolubles de la filosofía.

Fue el mismo Aristóteles el que apuntó directamente hacia el asunto del lenguaje. Las palabras no son ni verdaderas, ni falsas. Son las formas en las que enlazamos y relacionamos los conceptos lo que puede ser o no correctos. En el siglo XX no sólo Heidegger, sino una larga lista de pensadores y científicos exploraron como nunca antes se había hecho en el pensamiento occidental el lenguaje, con un efecto muy parecido al que logra un niño cuando repite una y otra vez una misma palabra: pierde sentido, se hace paradoja. Deja de comunicar para convertirse en su opuesto, ruido, deformación, no información. Wittgenstein lo llamaba “el gran espejo”. Nuestra lógica, expresada en nuestro lenguaje, no nos muestra el mundo, sino la imagen del mundo que nosotros mismos tenemos, la que proyectamos. Deberíamos ser capaces de estar al otro lado del espejo para poder contemplar la realidad tal cual es. Pero el espejo no se puede atravesar. Sólo puede romperse y quedar después a la intemperie.

Para continuar con la analogía de Wittgenstein, se podría decir que el pensamiento judío no descubrió nunca ese espejo; sino que opero a partir de su existencia, o más bien, de sus existencias. Porque no se trataría de un espejo, sino de varios, superpuestos en capas, reflejándose los unos en los otros. Lo que queda fuera del espejo se denomina Azmut, lo inmanifestable. El gran descubrimiento de Heidegger, que la metafísica confunde el ser y el ente, es el punto de partida del pensamiento judío tradicional, no la conclusión. Heidegger llamó a la disciplina que trata de investigar el sentido desde la supresión de esa confusión “ontología”, para diferenciarla de la Metafísica. En el pensamiento judío no tiene nombre, porque más que una idea o una corriente de pensamiento, es una parte constitutiva de su esencia, de su forma de operar.

Cuando, por ejemplo, Maimónides tuvo que enfrentarse a Aristóteles, publicó “Maqala fi sinaát al-mantiq”, Tratado del Arte de la Lógica, en árabe y probablemente en Al-Andalus, antes de marcharse a Fez, con apenas veinte años. Esta temprana obra de RamBam es además la única en la que no aparece ninguna mención a la Torah o el Talmud. Es un trabajo puramente científico, en el que el término se entiende como lo entendía Aristóteles: que sólo hay ciencia de lo general. Y allí expresa claramente la idea de capas, de diferentes niveles de lenguaje y, por lo tanto, de verdad. Le metafísica, como tal, ha sido una disciplina ajena al mundo judío y es precisamente Maimónides el que se ve en la tarea de expresar en términos “metafísicos” algunos de los principios del pensamiento judío cuando la filosofía irrumpe en Al-Andalus con tanta fuerza que muchos judíos, y muchos musulmanes, encuentran en la filosofía una nueva religión, sustitutiva. El impacto de aquellas ideas sólo puede entenderse en comparación con el que tuvo Heidegger en el siglo XX. Para aquellos “perplejos” escribió Maimónides su “Guía de los Perplejos”, un libro que hasta hoy sigue siendo inclasificable y en el que parece esconderse más de lo que se rebela. Donde se reconoce y se admira a Aristóteles como hace Levina con Heidegger, para refutarlo desde el “sí, pero… no”. De alguna manera, Levinas se convierte en un sucesor, tal vez involuntario, del “desafío de Maimónides”, para llegar a las mismas conclusiones por otro camino, dándole otros nombres. Y no sólo Levinas.

Maimónides (1135-1204): vuelta a la pregunta. Aristóteles y los límites de la lógica.


Como recordaba Rabí Haim David Zukerwar (Z’’L), “en hebreo sintaxis y semántica están unidos”. La forma en que se ordenan las letras y las palabras no sólo nos da todo su sentido, sino que establece la relación entre dos términos. Por ejemplo, “nega” (plaga) y “oneg” (placer) se forman con las mismas letras, pero en orden inverso. Como si le quitamos una letra a la palabra “emet” (verdad) obtenemos la palabra “met”, muerte. Cuando el matemático y filósofo Gottlob Frege (1848-1925) inicia sus conferencias sobre semántica (que marcaron profundamente a Wittgenstein, Russel y Husserl y, por extensión, a todos sus seguidores incluyendo Heidegger y Levinas) habla de “Función y Concepto”, su explicación resulta totalmente innecesaria para alguien familiarizado con la guematría o con las 13 Reglas de la Interpretación de la Torah de Rabí Ismael, ese mini-tratado de lógica judía que aparece en algunos libros de oraciones en el servicio de la mañana, en shajarit. A partir de los trabajos de Frege se podría decir que el hebreo tiene una lógica “funcional”, semejante a las funciones matemáticas. Pero en realidad esa lógica interna del idioma hebreo está presente antes de que apareciera el concepto mismo de función. Como el diálogo es un atributo inherente al Talmud.

Una de las acepciones del término “teshuva” es “volver a la pregunta” y, de alguna manera, tanto el pensamiento “a la griega” como el pensamiento judío “volvieron a la respuesta” a principios del siglo XX. Martin Heidegger “vuelve a la pregunta” sobre el “ser”, que es una pregunta sobre Dios y la idea de Dios, y su respuesta es “conciencia de muerte”, de letra impresa. Rompe el espejo del que hablaba Wittgenstein para mostrar un vacío aterrador. Susaní, el extraño y enigmático Susaní, pone delante de Levinas y otros pensadores judíos no ya un texto concreto, el Talmud, sino una actitud el diálogo, que es acción, conciencia y responsabilidad por el otro. Que no es “vida”, sino “vidas”. Un plural sin singular.

19.4.09

Rabí Haim David Zukerwar (Z'L): Un solo párrafo, un solo versículo, un solo amigo.



Dice Ítalo Calvino, a propósito de los clásicos, que el término puede entenderse bajo catorce puntos de vista diferentes. El primero es el de esos libros “de los cuales se suele oír decir: “Estoy releyendo…” y nunca “Estoy leyendo…”. El noveno, como “esos libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”. Y el penúltimo, “lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo”. Tras su inesperado y repentino fallecimiento en Jerusalén, Rabí Haim David Zukerwar (1956 – 2009) deja, entre otras cosas, ocho hijos y dos libros sobre Kabalah que son clásicos en un doble sentido. En todos aquellos de los que habla Calvino pero, sobre todo, son clásicos judíos: no tienen absolutamente ningún sentido en sí mismos, lo esencial queda fuera de sus márgenes. Son medios para un fin, la comprensión de la Torah, en el contexto de una tradición, la Judía, en la que el pensamiento sin acción se transforma en una de las alegorías talmúdicas preferidas de Rabí Haim: una droga de muerte. “Las ideas más elevadas, si no se materializan en actos concretos, acaban por corromperse y corromper a sus adeptos”.

A Rabí Haim le preocupaba que “nos hemos acostumbrado a evaluar e interpretar la Sabiduría de Israel de acuerdo a parámetros ajenos a nuestra propia tradición”. No utilizaba el término “Dios” por considerar, en los parámetros conceptuales de esa misma tradición, que el término constituía una contradicción en términos; la definición de lo indefinible, puesto que “no es posible definir la realidad sin interpretarla”. Términos como “religión” o “misticismo” le parecían ajenos y contradictorios por las mismas razones, porque intentaban aprehender la realidad desde parámetros que nada tenían que ver con el Judaísmo y, por extensión, con la naturaleza del ser humano y sus objetivos. Decía que “el diálogo con un texto es el diálogo con la realidad” y fue capaz de sintetizar de una forma simple y directa el sentido en que el pueblo judío se ha relacionado con sus textos fundamentales, los de la Torah. Utilizaba la misma analogía que sus mayores, la del conocimiento como un jardín, un Pardés. “El vocablo PaRDéS significa literalmente prado y este concepto, que aparece en diversos textos tradicionales, alude a las cuatro formas básicas de comprensión de la realidad. Las letras de dicha palabra conforman cuatro perspectivas a través de las cuales comprendemos la Torah. La primera inicial del vocablo PaRDéS - indica el Pshat, lo simple, el relato literal. La segunda inicial alude al Remez -insinuación- que le da una dimensión más profunda al relato, dado que los personajes, las situaciones y todos los detalles, inclusive las letras, nos transmiten un mensaje. La tercer inicial nos indica el Drash que proviene del verbo exigir. Esta lectura encierra una búsqueda en la cual el hombre exige el significado interior que el texto quiere transmitir. La última inicial del pardés nos indica el Sod, literalmente secreto, que El Zóhar define como causa”.

Pero una lectura, al mismo tiempo, genera una respuesta, un diálogo inevitable que se refleja en cuatro formas de lenguaje correspondientes. El sentido literal es el del lenguaje de la Torah, lo que dicen los cinco primeros libros de la Biblia. “Todos los mundos están incluidos en el hombre, todas las situaciones de los relatos de la Torah están hechos para activar esos mundos”. El lenguaje del Remez es el lenguaje de la Halajá, de la Mishná, el Talmud y el Shulján Aruj, invitaciones a la acción. El “Drash” encuentra su expresión en “el lenguaje de la Hagadá”, el del cuento, que hace más digerible los dos primeros (y que a la vez plantea otras lecturas posibles). Y por último, el lenguaje de las causas, el Sod, que se expresa en el lenguaje y la nomenclatura de la Kabalah, que incluye a todos los lenguajes anteriores y no tiene sentido independiente de ellos.

Con las mismas letras con que en hebreo se forma la palabra “Pardés” se forma la palabra “Sefarad”. Y tanto España como Hispanoamérica fueron su escenario de actuación, los lugares en los que, de forma incansable, desarrolló shiurim, conferencias y seminarios. En una de nuestras últimas conversaciones le conté que había encontrado una analogía en un olvidado escritor español del siglo XVIII, Joseph Rodríguez de Castro (1739-1789), que había buceado en los polvorientos y escondidos manuscritos archivados en la biblioteca de El Escorial para llevar a cabo una reseña de todos los “escritores rabínicos” de España y a la hora de clasificarlos había encontrado en la expresión “nueve generaciones” una forma de definir su evolución. Desde los gaones que trasladaron las academias rabínicas de Babilonia a Córdoba y Lucena, hasta el gaón de la época de la Expulsión. Nos encontraríamos, según esa analogía, en la décima generación, la del regreso de los judíos a Sefarad y, sobre todo, la de la expansión de ese Sefarad al Nuevo Mundo a través de un lenguaje, el castellano, que había borrado de forma inevitable los límites tradicionales entre sefardíes y askenazíes y que para Rabí Haim era su medio natural de expresión. Le gustó la analogía, lo que constituía una excepción. En nuestra relación el verbo que más utilizaba era “callate”, en porteño, aunque era uruguayo, en una proporción sólo superada por mi esposa.

Producía efectos en las personas, como una confirmación de algo que siempre repetía, que “nos proyectamos a nosotros mismos en los demás”. En las esperas en los aeropuertos, en sus numerosos viajes, siempre había alguien que se acercaba a él e iniciaba una conversación que encontraba en él un interlocutor amable y despierto. Al salir de sus conferencias, siempre quedaba una sensación, un “algo”. No tengo la menor duda de que su gente en Barcelona, Mario Nissim, Noemí Cohen, y los que lo arropaban en Jerusalén en el proyecto del Explorium, volcarán en nuevos libros y otros formatos todo el material que grabaron con la paciencia del amor y la devoción del discípulo. Con el impulso de lo que él llamaba la voluntad de transformar el deseo de recibir en el deseo de dar de hacer, en definitiva, del mundo un lugar mejor y transformarse en socios que completa la Creación, por el camino de completarnos primero a nosotros mismos. A mi me queda la sensación de haber sido eso que otro de nuestros sabios, Rabí Moshé Bendahan de Madrid, enseña al hablar del Talmud (Yomá 86A), Rabí Nahman, el perdón y la disculpa “al que hace que sus amigos se avergüencen de su reputación”.

No tenía miedo a la vida, al contrario, lo que él llamaba los desafíos de la realidad lo excitaban e impulsaban a seguir. Fue uno de los primeros (si no el primero en castellano) en utilizar Internet para poner en contacto a personas distantes y nos animó continuamente en el Proyecto Perfiles. Pero fue la rabanit Coty Bendahan la primera que, desde el programa Shalom de TVE, apoyó sus iniciativas y creó para él un Kli, un recipiente, donde volcar su Or, su luz. No se encerró en sí mismo. Y aunque encontraba en las palabras de Najmánides de Gerona la expresión precisa de muchos de sus ideas (como la de que el hombre está allá dónde está su pensamiento y, por lo tanto, tiene capacidad de generar su realidad), creo que era en RamBam, en Maimónides, donde es posible entender su actitud y dar sentido a muchos de sus actos. Porque como dice Maimónides, su emuná, su certeza en que el objetivo de la Creación es dar placer a sus criaturas, la alcanzó al modo de Rambam: por tradición, pero sobre todo por convencimiento, en el diálogo entre el deseo y la voluntad porque “solo podemos alcanzar aquello que deseamos”. Con la Torah como centro exploró aquellas rutas que los hombres han abierto en busca de lo infinito interior, como Freud y Lacan, desde el convencimiento de que “no podemos anular el deseo, sino la expresión de su forma”. Como músico, exploró la dodecafonía de Schoenberg, los espacios vacíos que quedan al margen de la armonía, la deconstrucción de toda forma desde el certeza de que la prohibición de representar imágenes es, sobre todo, una invitación a evitar la idea de que existen reglas fijas para operar en una realidad salvajemente cambiante y mucho más relativa de lo que ningún relativista estaría dispuesto a reconocer. Su brújula era la Torah y, como Maimónides, fue para él un medio y un fin. Y, cómo a Maimónides, se le puede reprochar lo mismo que sus contemporáneos le reprocharon a Rambam: el no citar las fuentes.

Cuando se bucea en sus textos en busca de contextos, lo que emerge es, de nuevo, la tradición judía. Expresaba sus razonamientos en los mismos términos y de acuerdo a los mismos esquemas lógicos que Rabí Haim Luzzato. Sus exposiciones sobre los relatos arquetípicos de la Torah son una expresión contemporánea de lo que Maimónides legó a su hijo Abraham en su última carta. Explicaba la Amidá desde la convicción de que “meditación” es una traducción más aproximada a “tefilá” que oración, porque, como en el Targum, no leas “con mi espada y con mi arco” (Gen.48:22) sino “con mi tefilá y con mi súplica”, puesto que la Shemoneh Essré “es como una espada afilada que puede herir aún si no se maneja con mucha fuerza”.

Y al final, cuando se cierra un ciclo y se abre uno nuevo lleno de incertidumbres, es en el contexto de esa misma tradición en el único en el que se pueden articular los sentimientos hacia él, en la presencia de su ausencia. (Pirké Avot, 6, 3). “El que aprende de su prójimo un solo capítulo, un solo párrafo, un solo versículo, o incluso una sola letra, debe tratarle con honor. (…) “lo llamaba su Maestro, su consejero y su amigo, como esta escrito: “Tú eres mi igual, mi maestro y mi confidente (Salm. 55:14)”. Sentimientos que son pensamiento, palabra y, sobre todo, acción.

Y ahora: ¿qué hacemos, Rabí Haim?

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