8.12.08

BLANCO ALGODON: TRIUNFO Y DERROTA DE JUDAH BENJAMIN

Judah P. Benjamin (1811 - 1884). Senador de los Estados Unidos por Lousiana. Fiscal General, Secretario de Guerra y Secretario de Estado de los Estados Confederados de América (1861-1865).


En 1896 Theodor Herzl escribió, “El Estado Judío”, en el que afirmaba que el problema del antisemitismo sólo podría resolverse por medio de la creación de un estado judío. El caso de Dreyfus, un oficial francés falsamente acusado de traición por el mero hecho de ser judío, así se lo demostraba. Si Judah P. Benjamin no se hubiera marchado de los Estados Unidos en 1865, tal vez Herzl hubiera hablado del “Caso Benjamin”, y no del "Caso Dreyfus." Y no hubiera sido Zola, sino Walt Whitman, el que hubiera escrito algo parecido a “Yo acuso” en inglés. Benjamin fue el segundo senador judío de los Estados Unidos después del también sefardí David Levy Yulee (1810 - 1886), y la personalidad más capaz del breve y extraño gobierno de los Estados Confederados de América, en los días de la Guerra Civil Americana (1861-1865). Y, probablemente, el judío más influyente en la política de los Estados Unidos en todo el siglo XIX.



En el momento del inicio de la guerra, 1861, en la ciudad de Charleston, Carolina del Sur, vivía la mayor Comunidad Judía de los Estados Unidos, unas 1.800 personas, casi todos sefardíes descendientes de los judíos expulsados de España y Portugal. Era, además, la sede de la primera congregación reformista del país, que a partir de 1840 contó con un flamante edificio construido como un templo griego, muy al gusto de la época. Los judíos habían formado parte de la historia del Estado y de la ciudad desde el siglo XVII. Francis Salvador, de Charleston, fue el primer judío en formar parte del congreso revolucionario por Carolina del Sur durante la independencia contra los ingleses. Y el primer judío en morir en combate por los recién nacidos Estados Unidos, a manos de un indio cherokee de las tropas auxiliares de Inglaterra (que le arrancó la cabellera). Carolina fue una de las 13 colonias originales y en su carta de fundación, redactada por John Locke en 1669, se garantizaba la libertad de culto y se incluía, expresamente, a los “judíos, paganos y disidentes” como una forma de promover la inmigración desde Inglaterra. Hoy es un lugar común asociar a los judíos con la ciudad de Nueva York, pero durante finales del siglo XVIII y hasta la Guerra Civil americana, Charleston resultaba un destino mucho más interesante. Y esa fue la razón por la que la familia de Benjamin se trasladó a la ciudad, cuando él era aún muy pequeño, procedentes del entonces territorio holandés de las Indias Orientales (actuales Islas Vírgenes), aunque tenían pasaporte y ascendencia británica. Cuando se trasladaron a Charleston, no lo hacían como pioneros, sino que seguían la ruta habitual de emigración británica a América.

Templo Beth Elohim, Charleston (SC), la primera sinagoga reformista de los Estados Unidos, formada mayoritariamente por sefardíes. El padre de Judah fue uno de los miembros fundadores.

En la ciudad, los Benjamin encontraron una comunidad bien integrada y asimilada con la élite de plantadores locales. El comercio de algodón era una actividad muy próspera que además mantenía un contacto continuo con Europa y sus movimientos ideológicos. El padre de Benjamin fue uno de los fundadores, en 1824, de aquella primera congregación reformista de los Estados Unidos, la “Sociedad Reformada de Israelitas para la Promoción de los Verdaderos Principios del Judaísmo de acuerdo a su Pureza y Espíritu”. Aunque los archivos de aquella congregación se han quemado, se cree que Judah fue uno de los primeros niños en llevar a cabo la ceremonia de “confirmación”, una de las innovaciones que el reformismo introdujo en sustitución de la liturgia judía tradicional para modernizarla. Con tan sólo 14 años entró en la escuela de leyes de Yale, que abandonó sin llegar a graduarse por motivos que se desconocen.

En 1832, Benjamin se trasladó a Nueva Orleans, donde vivía la entonces segunda gran comunidad judía de los Estados Unidos, y allí completó sus estudios de derecho y empezó a ejercer como abogado. Al año siguiente se casó por conveniencia con Natalie St. Martin, hija de una de las grandes familias creoles de Lousiana. La habilidad y la inteligencia de Benjamin le permitieron ganar el suficiente dinero como para entrar a formar parte, en pocos años, de la élite de plantadores sureños. Adquirió una plantación de azúcar en Belle Chasse, Louisina, con 150 esclavos, que mantuvo hasta 1850. Después la vendió y nunca más volvió a tener esclavos. En 1842, tras el nacimiento de su única hija, Ninette, su mujer se marchó con la niña a París, donde pasó la mayor parte de su vida alejada de su marido. No fue un matrimonio feliz. Ese mismo año, Benjamin inició su carrera política en puestos del Estado de Louisiana. Una meteórica carrera que lo llevó a ser, en 1853, Senador de los Estados Unidos. Una de las primeras ofertas que Benjamin recibió fue la de formar parte del Tribunal Supremo, con apoyo de los demócratas, oferta que rechazó en dos ocasiones. En aquel primer año como senador, tuvo un enfrentamiento con otro sureño, Jefferson Davis, de Mississipi, que marcó su destino.

Gabinete de los Estados Confederados de América, presidido por Jefferson Davis. A la izquierda, Judah P. Benjamin.

Davis era un hombre con experiencia militar y política. Había sido oficial en la guerras indias y en la guerra contra México, así como senador y Secretario de la Guerra. Benjamin no tenía experiencia militar, pero en una ocasión en que interpretó unas palabras de Davis como un insulto, no dudo en desafiarle a duelo. Davis se disculpó públicamente y surgió entre ellos una larga relación de respeto y amistad. El 20 de diciembre de 1860 Carolina del Sur se declaró independiente. Un mes después, Mississipi. Davis presentó su dimisión en el congreso y junto con Benjamin y otros senadores sureños, se trasladó hasta Montgomery, Alabama. El 4 de febrero, con la participación de 42 delegados de Carolina del Sur, Georgia, Alabama, Mississipi, Lousiana y Florida, se formó el primer Congreso Confederado. El 13 adoptaron una constitución provisional de los Estados Confederados de América y una bandera. Al día siguiente eligieron a Davis Presidente y a su mayor enemigo, H. Stephens, Vicepresidente. El 11 de marzo adoptaron la Constitución definitiva que era idéntica a la de los Estados Unidos salvo por tres artículos: el presidente sería elegido por seis años, los senadores tenían derecho a un asiento en el congreso y se permitía la esclavitud, aunque se abolía formalmente el comercio de esclavos. Judah Benjamin tuvo una participación muy activa en la redacción de esa constitución, porque Davis quiso tenerlo a su lado desde el primer momento, y lo nombró Fiscal General. Y Benjamin estaba presente cuando Davis dio los pasos para empezar la guerra civil, precisamente, en Charleston.

Desde hacía más de dos meses, el Mayor Anderson estaba encerrado en una isla de la bahía de Charleston, en el inacabado Fuerte Sumter, con sólo 73 hombres. Eso era todo lo que quedaba de los Estados Unidos en la ciudad. Habían intentado enviarle ayuda y refuerzos, pero los sureños los habían rechazado a cañonazos, y el Gobierno Federal había optado por no hacer nada para evitar un enfrentamiento armado, aún convencidos de que era posible llegar a algún tipo de compromiso y evitar una partición sangrienta de la nación. Los Confederados decían que aquel fuerte era parte de su nuevo territorio, así que lo que debían hacer era abandonarlo y volverse a su país, los Estados Unidos. Mientras que desde Washington se afirmaba que aquel fuerte era propiedad Federal, no del Estado, por lo que tenían todo el derecho a proveerlo de suministros y defenderlo. El Mayor Anderson, pese a la tensión y a las continuas peticiones de que abandonara el fuerte pacíficamente desde la declaración de independiencia, no había tenido problemas y recibía suministros regulares de agua y alimentos desde la ciudad. El día que dejaron de llegar, Anderson se dio cuenta de que lo peor estaba a punto de suceder. Tres oficiales del recién nacido Ejército de los Estados Confederados de América, en representación de uno de sus antiguos alumnos de artillería convertido ahora en brigadier general del Sur, Pierre G.T. Beauregard, le daban un ultimátum para que abandonara el fuerte. Anderson intentó ganar tiempo, en espera de ayuda, pero a las 3:20 de la mañana del 12 de marzo de 1861, por orden directa de Davis, recibió una nota en mano por la que tenían “el honor de informarle de que nuestras baterías abrirán fuego sobre el Fuerte Sumter dentro de una hora a partir de este momento. Tenemos el honor de ser, muy respetuosamente, sus obedientes servidores”. Anderson leyó el ultimátum, saludó con un apretón de manos a los tres enviados, se dio media vuelta y se metió de nuevo en el fuerte para defenderse lo mejor que pudiera de lo que se le avecinaba. Un hora después cayeron los primeros proyectiles de mortero. Durante 30 horas, no cesó el bombardeo sobre el fuerte. Anderson, respondió a partir de las 7 de la mañana, pero no podía hacer mucho. Al final, se rindió. Milagrosamente, no había muerto nadie durante aquella primera batalla, aunque el fuerte había quedado destrozado. El 14 de abril Anderson arrió la bandera. En ese momento alguien disparó y mató a uno de sus hombres. Luego fueron llevados hasta un barco de los Estados Unidos, y se iniciaban los enfrentamientos entre el Norte y el Sur. Cuatro años después, en el aniversario de su rendición, fue el mismo Anderson, convertido en General, el que volvió a elevar la bandera americana en Fuerte Sumter, como proclamación de la victoria de los Estados Unidos sobre los rebeldes Estados Confederados.

Los judíos de Charleston fueron entusiastas partidarios del Sur. En Charleston, 182 judíos se enrolaron en el recién nacido Ejército Confederado, entre ellos los cinco hermanos de una de las grandes familias de la zona, los Moses. Su padre, Mordejai, hizo la primera contribución de 10.000 dólares. Pero en esos cuatro años de guerra, la ciudad de Charleston corrió el mismo destino de ruina y destrucción que el resto de las grandes ciudades del Sur, con sus propias batallas y peculiaridades. El 11 de julio de 1863, en otra de las fortalezas que defendían Charleston, Fuerte Wagner, tuvo lugar la primera batalla de un regimiento norteamericano compuesto íntegramente por negros, el 54 de Massachussets a excepción de su oficial, el coronel abolicionista, Robert Gould Shaw, que murió junto con más de la mitad de sus hombres. En Charleston se usó por primera vez, el 17 de febrero de 1864, un submarino de guerra para intentar romper un bloqueo marítimo. El CSS Hunley, una sumergible de bolsillo tripulado por ocho hombres y armado con un torpedo hundió a un buque americano de 1250 toneladas, el Housatonic, y luego se hundió él mismo por efecto de la onda expansiva. Benjamin no vivió aquella guerra desde el campo de batalla, sino desde las oficinas de Richmond (Virginia) donde se trasladó el nuevo gobierno.

Imagen de Benjamin en los billetes de dos dólares de la Confederación.

En alguna ocasión se ha dicho de Benjamin que fue el último sefardí de corte, en esa larga tradición de consejeros judíos que llegan la historia de los reyes cristianos y musulmanes en los territorios de España y Portugal. Al menos tuvo en común con ellos la lealtad. Tras la guerra, cuando Benjamin ya había desaparecido, Davis escribió una monumental “Historia de los Estados Confederados de América” en la que Benjamin aparece mencionado tan sólo cuatro veces. Y sucede otro tanto en los actuales libros y manuales de historia. Sin embargo Benjamin se pasaba diez y doce horas al día junto al caótico e indeciso Davis en un continuado esfuerzo por lograr algo imposible, construir un país y ganar una guerra. Y su condición de judío lo convirtieron en el blanco perfecto en el que justificar todas las derrotas, y la excusa perfecta para retrasar algunas de sus medidas.

Bajo el cargo de Fiscal General, la verdadera función de Benjamin era la de dar una forma legal al nuevo estado. Todos sus esfuerzos estaban orientados a lograr el reconocimiento de la nueva nación por parte de Inglaterra y Francia. El Norte había elaborado un plan de bloqueo para que el Sur no pudiera seguir comerciando algodón con Inglaterra. Benjamin pensaba que Inglaterra les apoyaría cuando viera que el algodón necesario para su industria era interceptado por los yanquis. Pero se equivocó; los ingleses empezaron a importar el algodón de la India, evitaron reconocer a los Estados Confederados, pero aceptaron sus encargos para construirles buques de guerra a buen precio. En toda Europa, las simpatías de la mayoría de la población iban con el Sur, salvo por un detalle: la esclavitud. Nadie estaba dispuesto a reconocer a los Estados Confederados si antes no se producía una abolición de la esclavitud. El bloqueo, por otro lado, fue cada vez más efectivo y hacia el final de la guerra el Sur estaba completamente exhausto. Arruinado, lo estaba desde el principio.

Estado en el que quedó la ciudad de Charleston al final de la guerra.

Entre 1861 y 1862 Benjamin fue Secretario de Guerra. Una tarea que se limitó a recibir críticas por todas las derrotas que el Sur empezaba a sufrir tras unas primeros y entusiastas victorias. El Presidente Davis era un hombre propenso a la digresión, a dar largos discursos y tomar decisiones muy lentamente, con más facilidad para crear enemigos que para hacer amigos. Además, el Congreso confederado estaba formado por miembros individuales, sin partidos, que tenían tan mala relación entre ellos que resultaba difícil llegar a acuerdos en cuestiones básicas. En referencia a una de sus sesiones, un ciudadano de Carolina del Sur le escribió a su representante: “Perdone pero; ¿la mayoría siempre están borrachos?” Todos odiaban a Davis y las reuniones del Gabinete empezaban a llevarse a cabo en secreto para evitar enfrentamientos armados entre senadores. En este ambiente, Benjamin intentaba que Davis tomara decisiones militares desde su experiencia (había sido Secretario de Guerra de los Estados Unidos), mientras todo el mundo le culpaba a él de ser un oficinista y un amateur que estaba interfiriendo en el curso de la guerra. A veces desobedecían abiertamente sus órdenes y actuaban por libre. Incluso los generales del Norte le culpaban a él de las derrotas del Sur. Cuando Benjamin Buttler tomó Nueva Orleans dijo que “los mayores apoyos de la Confederación han sido sobre todo judíos que se merecen en manos del gobierno lo que se merece ese judío Benjamin”. La furia popular contra Benjamin alcanzó su máximo punto en febrero de 1862, cuando cayó la Isla Roanoke. Su comandante, Henry A. Wise y el Gobernador de Carolina del Norte, Henry T. Clark, habían pedido, una y otra vez y de forma desesperada, refuerzos que Benjamin nunca envió, sin dar una explicación clara. Tras la derrota, Benjamin asumió toda la responsabilidad y dimitió. Poco después, Davis le nombró Secretario de Estado, puesto que mantuvo hasta el final de la guerra. La razón del silencio de Bejamin ante aquello sólo se supo 25 años después, cuando un ayudante del General Lee quiso limpiar la memoria de Benjamin y leyó una carta en la que Benjamin le explicaba a Davis que si les decía la verdad, que nunca llegarían refuerzos porque no había refuerzos, estaban en la bancarrota, los espías del Norte podrían llegar a saberlo. La posición estaba perdida, y él cargaría con toda la responsabilidad. Por ese gesto de lealtad fue por lo que Davis lo nombró Secretario de Estado, y por lo que Lee guardó la carta durante años.

A principios de 1864 se produjo un giro decisivo en la guerra. Lincoln nombró a Grant comandante de todos los ejércitos de la Unión. Grant entendió el concepto de guerra total y opinaba, junto a Lincoln, que sólo la derrota completa de las fuerzas confederadas y su economía podrían traer el final de la guerra. No pretendía asesinar civiles sino destruir sus casas, granjas y ferrocarriles. Grant ideó y coordinó una estrategia para atacar a la Confederación desde numerosos frentes, y la Confederación no tenía ya forma de resistir. Desde el principio de la Guerra, el Sur había tenido la mitad de hombres que el Norte, y no tenía a su espalda una red unida de ciudades industrializadas. Al contrario, el Sur estaba asfixiado económicamente por el bloqueo, la solidaridad entre Estados era nula, y el nivel de deserciones altísimo. Benjamin intentó llevar a cabo un último plan para salvarlo: ofrecer la libertad a los esclavos que sirvieran un año en el Ejército confederado. El general Lee era uno de los mayores partidarios de la medida, y pensaba que con eso podría poner en el campo de batalla 400.000 hombres, dispuestos a pelear por una nación que les garantizaba la libertad. Además eso permitiría eliminar el último obstáculo para que Inglaterra reconociera a los Estados Confederados como nación y la apoyara en su guerra contra los Estados Unidos. La medida se fue retrasando y cuando finalmente entró en vigor, en Marzo de 1865, ya era demasiado tarde.

Liberar a los negros del Sur a cambio de servir un año en el ejército Confederado. Última medida desesperad de Benjamin, apoyada por el General Lee, y retrasada continuamente por los tradicionalistas. Cuando la media entró finalmente en vigor, a principios de 1865, la guerra ya estaba perdida.

El 3 de abril cayó la capital Confederada, Richmond. Davis huyó con algunos miembros del Gobierno un poco más al sur, a Danville. Allí recibió la noticia de que el general Lee se había rendido con todos sus hombres. Al mes siguiente, el 5 de mayo, el Gabinete de Davis tuvo su última sesión en Washington, Georgia, en la que se disolvió el Gobierno. Había unidades confederadas peleando aún por libre, pero la guerra estaba perdida. Benjamin no estaba presente. Poco antes de llegar a Washington se había separado del grupo y había puesto rumbo al Sur, a Florida. Allí fue saltando de plantación en plantación, oculto por parientes y amigos, hasta que embarcó con un nombre falso rumbo a las Bahamas en un pequeño barco de transporte de esponjas que explotó antes de llegar a Nassau. Benjamin y los tres tripulantes tuvieron que ser rescatados por un buque de Guerra Inglés. La urgencia por la que se apresuró a salir del país fue que anticipó lo que años después sería el Caso Dreyfuss, el cargar con toda la responsabilidad de la derrota por la única razón de ser judío, y resultar convincente para la mayoría la existencia de ciertos “atributos judíos” como, el de la falta de lealtad a un Estado, que en general nadie cuestiona. Su familia había sido capaz de integrarse en la alta sociedad, bajo la apariencia de introducir unas reformas modernizadoras, transformaron la religión judía en un cristianismo sin Jesús con las particularidades y los acentos de las iglesias baptistas del sur. Declararon formalmente que la Nueva Sión eran los Estados Unidos, y renunciaban expresamente a construir una nación en Oriente Medio. Se había casado con una mujer de la Alta Sociedad, a la que no le importó que él fuera judío, para vivir un matrimonio formal y triste. Había representado como nadie los intereses del Sur en el Congreso, hasta ser considerado uno de los cinco mejores oradores de la historia americana. Y sin embargo, siempre sería el judío Benjamin. El 14 de abril, festividad de Jueves Santo, un actor asesinó al Presidente Lincoln. La explicación más convincente era la existencia de una conspiración de los sudistas encabezada por Davis y, especialmente, por el judío Benjamin.

El asesinato de Lincoln. Se quisó convertir a Benjamin en el chivo expiatorio de una supuesta conspiración.

Las investigaciones posteriores demostraron que ni Davis, ni Benjamin, tuvieron nada que ver en el asesinato de Lincoln. Pero Benjamin era plenamente consciente de que si era juzgado, para acallar las iras populares serviría de chivo expiatorio para todo. No sólo por la muerte del Presidente que había hecho ganar la Guerra al Norte, sino por los largos años en que el Sur había sido capaz de resistir y se habían prolongado los efectos de la guerra. También pagaría por la derrota del Sur, por la destrucción, a sangre y fuego, de las ciudades y las plantaciones. En cinco años, además, había sido capaz de desplegar una red diplomática en Europa capaz de forzar a Inglaterra a decantarse por el Sur mucho más de lo que Inglaterra estaba dispuesta a reconcoer originalmente. Davis pasó dos años años en al cárcel, fue absuelto y regresó a la vida civil, donde se dedicó con éxito a los negocios. A su muerte, las muestras de cariño y afecto en el Sur fueron millonarias, en una proporción inversa a su impopularidad durante la Guerra.

En cuanto a Benjamin, empezó de cero en Inglaterra. Había quemado sus papeles personales antes de salir de Estados Unidos, y en Inglaterra no habló nunca sobre aquella época de su vida en la que fue miembro del Gabinete de los Estaos Confederados de América. En 1866 empezó a ejercer de nuevo como abogado y dos años después publicó su único libro: “Tratado sobre las leyes de venta de propiedades personales”, hasta nuestros días un clásico del derecho mercantil anglosajón. En 1872 se convirtió en consejero de la Reina de Inglaterra. Y murió doce años después, en París.

Fue enterrado en el famoso cementerio Père Lachaise como Philip Benjamin.